lunes, 1 de septiembre de 2014

La LIJ en la cadena del autor al lector por Judith Wilhelm

La LIJ en la cadena del autor al lector
La producción y circulación  de la LIJ en Iberoamérica hoy
(por Judith Wilhelm para CILELIJ- Bogotá, marzo de 2013).

Cuando se plantean cuestiones inherentes al libro infantil como industria cultural, a su circulación y divulgación, no puedo dejar de pensar en el concepto desarrollado por Gabriel Zaid en un libro que lleva su nombre: Los demasiados libros; que debería ser, creo, el eje de las discusiones sobre la LIJ, como industria cultural.
Hablamos, desde hace más de diez años, de un mercado en permanente crecimiento.
En Argentina aparecen cada año nuevas editoriales dedicadas exclusivamente al libro infantil y editoriales tradicionales inauguran líneas de libros para niños. Los espacios destinados a la LIJ crecen en metros cuadrados dentro de librerías y ferias, y nuevas librerías dedicadas al segmento abren a lo largo del país. El ministerio de educación compra miles de libros para programas de equipamiento de bibliotecas sin precedentes por su magnitud y recursos económicos. La escuela compra a ritmo sostenido y, en muchos casos, utiliza sus planes lectores y bibliotecas como elemento de publicidad al igual que las clases de natación.
No hay cifras concretas pero se sabe que cada vez más escritores, ilustradores, editores y libreros vivimos de los libros infantiles y juveniles.
Sin embargo, pese a este crecimiento descomunal, muchos lectores y mediadores se sienten perdidos  y en crisis con la oferta de libros en circulación.
Es que los demasiados libros es una necesidad del mercado (o de parte de él) y no del lector, que la padece.
Y me refiero aquí únicamente a los demasiados libros demasiado parecidos entre sí, demasiado evitables, si se me permite. Porque como plantea Zaid, hay un aspecto netamente positivo de este crecimiento, y es que haya más libros que vendan poco, que interesen a  un pequeño número de lectores. Títulos que escapan a las grandes tendencias, que apuntan a la diversidad. Y esta es, seguramente, una de las mayores ventajas del libro digital. “En muchas cosas, el progreso destruye la diversidad. No en el caso del libro”[1].
 Hace tiempo me comentaban pequeños editores españoles sobre la exigencia de sus distribuidores de una determinada cantidad de novedades anuales. De esta manera se aseguran la constante rotación de los libros, el permanente movimiento de facturación y cobranzas.
Así, las ventas de un título sirven para financiar la publicación de la próxima novedad, pero no de una reimpresión, de una vuelta al mercado de un libro viejo, pero bueno. Las reimpresiones  deben esperar algún excedente financiero o venta institucional (porque esos, los buenos libros de fondo editorial, son los que suelen seleccionar las instituciones para sus compras).
Las ventas de las “novedades” que financiarán las “próximas novedades” deben ser, por supuesto, inmediatas. Así estos editores quedan atrapados en un entramado que no dudo en calificar de perverso, donde una “novedad” sepulta a otra y, peor, ellos se ven obligados a publicar (a dedicar dinero, tiempo y esfuerzo) libros en muchos casos anodinos e intrascendentes; con frecuencia de autores o temas de moda, que garantizan un aceptable caudal de ventas por los “atributos del envase”. El cuidado del fondo editorial y el armado de un sistema orgánico que pretende ser un catálogo, queda relegado.
¿Y qué pasa con los libros que no cumplen con las expectativas de rotación y ventas? Terminan en mesas de saldos, adquiridos por kilo de papel, mezclado lo bueno, lo que perdió  su oportunidad, con libros que probablemente no valgan ni su propio peso en papel. O, incluso, guillotinados o incinerados.
La venta del libro de LIJ es una venta lenta. Necesita tiempo. Madurar en el lector. La buena literatura viaja por recomendación  y puede tardar años hasta verse traducida en una considerable cifra de ventas. Y a veces, eso jamás sucede. Pero ese libro que no llegó a cubrir quizás su inversión inicial puede ser el articulador principal de un catálogo sólido.
Y aquí se ve el riesgo de asimilar el mercado de la LIJ al del texto escolar. En este último, un poco por envejecimiento de los programas educativos y otro tanto por la necesidad de rápido recupero financiero que  justifique su corta vida útil y enormes inversiones, el concepto de tiempo queda reducido a la inmediatez.  Los modos de comercialización de ambos también deberían ser  diferentes. Las campañas editoriales de promoción y venta de LIJ con la metodología del libro de texto, excluyendo desde el principio al librero, y ofreciendo a las escuelas  descuentos que llegan a ser mayores que los del canal comercial, son, como mínimo, cortoplacistas. Porque resienten la relación con el librero, que debería ser el principal aliado del editor, y porque confinan a ciertos títulos a la prescripción escolar únicamente.
Si pretendemos llevar al lector más allá de los límites de las aulas, deberíamos empezar poniendo a su disposición nuestros catálogos en los puntos de venta; cosa que no siempre sucede.
Hoy vemos en los grandes grupos editoriales, puestos estratégicos del sector de ventas y finanzas ocupados por profesionales ajenos al mundo editorial en su formación, provenientes por ejemplo, de sectores industriales como los medicamentos o los alimentos. Industrias que trabajan con materias primas perecederas. No quiero establecer  una dicotomía entre editoriales pequeñas, grandes, independientes  o multinacionales. Ni una apología de la gente del libro versus otras industrias. Pero lo que sí es cierto es que hay ciertas reglas propias del sector.
Hay, además, una cuestión de escala que es crucial para entender por qué algunos soportan mejor que otros estas circunstancias. Y me refiero, contra lo que se pueda suponer, a que una pequeña  editorial, con profesionales que conocen el negocio del libro, soporta mejor que otra que un título agote su tirada inicial en un par de años y no en un par de meses. La estructura a mantener es distinta en cada caso. Los costos de asumir un riesgo se miden en la evolución del proyecto y no sólo en números negativos. Y aquí me parece  pertinente, como dice Daniel Goldin, preguntarnos cuál es el riesgo de no asumir ningún riesgo. La inercia, supongo. La quietud, aún bajo la forma de la constante novedad.
¿Y qué sucede con el librero, principal mediador de la cadena comercial?
Que hace lo que puede. Y en la mayoría de los casos, no es mucho. Será por eso que el público aprecia cada vez más al mediador capacitado y las propuestas de especialización de algunas librerías y puntos de venta, como ferias, sitios web o clubes de lectura.
La tarea de un buen mediador-librero, es tan creativa como la del editor. Al igual que este último, el librero selecciona, exhibe, recorta, evalúa; no originales; sí productos  que esperan para su perfeccionamiento el encuentro azaroso  y fortuito con un lector.
Cuanto más sepa y se interese el editor/librero, más sólido será ese corpus que conforma su proyecto de catálogo/librería. Cuanto menos, más caótico, caprichoso y pegado a la única promesa de la rápida rotación.
Hoy se da la situación de que algunas estructuras artesanales y no convencionales venden más y mejor LIJ que librerías tradicionales, sin mencionar las grandes cadenas.
Muchas editoriales  hemos comenzado a distribuir nuestros fondos en emprendimientos de venta originados por mediadores como bibliotecarios y docentes; que conforman opciones alternativas y de calidad, para hacer crecer el mercado atendiendo, en muchos casos, puntos ciegos de la distribución tradicional.
Hoy, sucede, además, que autores y editores pueden promocionar sus libros sin necesidad de contar con la complicidad y competencia del librero. Desde las redes sociales, a distancia y sin costosas inversiones en  publicidad, influyen sobre las ventas.  Aún no sabemos hacia dónde llevará esto y cómo cambiará la cadena, pero es evidente que acerca y modifica, de alguna manera, la relación entre ambos extremos, el autor y el lector.
 Antes mencioné otro de los pilares del crecimiento del mercado de LIJ en Latinoamérica. Las compras estatales; una de las principales oportunidades para el desarrollo y la circulación de nuevos libros.
En nuestro caso, como distribuidores de varios sellos editoriales de Iberoamérica, estas ventas nos permiten poner a disposición de numerosos lectores títulos que veníamos promocionando a pequeñísima escala. Pero además, bajo la forma de coediciones, cuando la editorial titular de los derechos acuerda, nos permite ampliar la tirada original, pensada inicialmente para el canal institucional, para proveer también al comercial; ofreciendo estos títulos como parte de nuestro catálogo, con los beneficios que eso supone. Esto  cobra especial importancia desde la que en Argentina existen controles sobre el ingreso de libros importados.
Es curioso, en ese sentido, observar cómo el canal institucional suele estar divorciado del comercial.  Son muchos los casos de editores que presentan en las dependencias estatales muestras de libros que supuestamente cumplen con los estándares de selección de estos programas y no llevan esos libros hacia otros canales. Así como algunos libros nacen y mueren en las aulas, otros lo hacen en determinados programas estatales. Y mueren, literalmente, cuando no van acompañados de una buena capacitación a los docentes- mediadores, verdaderos dadores de sentido de estos programas, aunque frecuentemente se lo olvide. Son muchos los miles o millones que se gastan y se cobran en estos programas, y qué bueno sería que fueran redituables a largo plazo: formando lectores críticos, principal objetivo de las instituciones, y creando estímulos para renovar y dar aire fresco a autores y editores. Aires que superen lo meramente económico. Aires que generen oportunidades para la experimentación, y por qué no, para repensar el concepto de “novedad editorial”. Qué bueno sería que sucediera lo obvio, que no siempre sucede: que los libros que llegan a las escuelas salgan de sus cajas y lleguen a convertirse en experiencias de lectura íntimas y a la vez sociales, profundas y transformadoras. 
Creo que la única manera de fortalecer y mejorar la cadena de la LIJ en Iberoamérica es mediante alianzas estratégicas; entre autores, editores, libreros, instituciones, mediadores, capacitadores y promotores. Entre pequeños, entre grandes y pequeños, entre grandes y grandes, e, incluso, entre filiales locales de grupos trasnacionales, que muchas veces se comportan como si nada tuvieran para intercambiar, salvo los capitales (económicos, valga la aclaración). Me refiero a los buenos libros publicados para un país que no llegan a migrar entre catálogos de la misma casa matriz. Grandes autores, incluso,  que son desconocidos a pocos kilómetros de sus fronteras. Quizás por eso me es difícil pensar en una LIJ con identidad iberoamericana.
Parte de esto, supongo, es responsabilidad de una tendencia que primó durante muchos años en nuestra región, que simplifica la lectura al grado de suponer que en la escuela deben entrar únicamente temas o autores familiares a las costumbres e idiosincrasia de un país, e incluso, de una región (urbana/rural) dentro del país.
Afortunadamente, mediadores y autores están cada vez más dispuestos a acompañar a los libros en sus viajes hacia los lectores. Afortunadamente, los lectores están cada vez más activos, dispuestos a buscar. Y adonde sea que conduzcan esos viajes y búsquedas, editores y libreros, mediadores en esta cadena, debemos estar alertas a los cambios, adaptando nuestro lugar a nuevas realidades económicas, políticas, sociales y tecnológicas.
Hace varios años leí una conferencia de Vicente Ferrer, responsable de la inclasificable editorial Media Vaca, donde decía que en todos los congresos de editores se discute acerca de la sobreabundancia de libros publicados cada año. Todos lo comentan con preocupación, pero claro; nadie está dispuesto a dejar de publicar. Como si los libros que sobraran fueran siempre los ajenos, nunca los propios.
Además de ocurrente, la frase es devastadoramente cierta. Yo diría que, ya que ninguno de nosotros está dispuesto a dejar de publicar y producir, lo hagamos pensando en aportar, estimular, cuestionar, enriquecer. Cuidándonos, sobre todo, de no repetir fórmulas, que tantas veces convierten a libros  y catálogos en burdas copias de otros o, incluso, de sí mismos.



[1] Zaid, Gabriel, Los demasiados libros, Barcelona, Anagrama, 1996, p. 23.

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Bilbliografía
Andruetto, María Teresa, Hacia una literatura sin adjetivos, Córdoba- Argentina, Comunicarte, 2009.
De la Vega, Graciela; Mlawer, Teresa; Medina Pablo; “¿Cómo se conforma un mercado?”, en: El libro para niños y jóvenes. Un mercado en crecimiento. Memorias del VII Foro Internacional de Editores y Profesionales del Libro, FIL Guadalajara 2008, Guadalajara-  México, 2009.
Esteves Fros, Fernando y De Sagastizábal, Leandro (compiladores), El mundo de la edición de libros, Buenos Aires, Paidós, 2005.
 Goldin, Daniel,” Conferencia Magistral de apertura. Un catálogo, una imagen una marca: la construcción de una propuesta editorial para niños y jóvenes”, en: El libro para niños y jóvenes. Un mercado en crecimiento. Memorias del VII Foro Internacional de Editores y Profesionales del Libro, FIL Guadalajara 2008, Guadalajara-  México, 2009.
              “En mi principio está mi fin: en torno a los retos y desafíos de la industria editorial en la construcción de lectores”, en Los días y los libros. Divagaciones sobre la hospitalidad de la lectura, México, Paidós, 2006
“Industria editorial argentina, modelo para armar”, en: Nuestra cultura, Buenos Aires, 2012, año 4, n° 16.
Natalia Méndez, En: Editado/ Infantil y Juvenil, http://editadoenlij.blogspot.com/2012/07/breve-panorama-del-mercado-actual.html
Revista Educación y Biblioteca, Madrid, 2006, año 18, N° 155.
Zaid, Gabriel, Los demasiados libros, Barcelona, Anagrama, 1996.

martes, 19 de agosto de 2014

Epa, Epaminondas!!!



Epaminondas

Graciela Bialet.
Ilustraciones de O´Kif.
Editora: Mercedes Felgueras.
Brujita de Papel.

Cuando yo era chico, Epaminondas se llamaba Saburo. Mi papá me contaba la versión japonesa del libro Antología del Cuento Infantil  de Elsa Bornemann. Y como mi papá nunca había escuchado juntas las palabras “corrección” y “política”, cuando hacíamos algo mal nos decía: “¡Dale, Saburo!”.

Más tarde conocí muchas versiones de Epaminondas, la última, de Graciela Bialet y con ilustraciones de O´Kif, me encantó. La narración de Graciela Bialet es fresca y entretenida. Resalta el conflicto básico de Epaminondas: él quiere obedecer, pero todo le sale mal. Lo trágico es que obedece en forma literal y las cosas cambian y las indicaciones anteriores no se adaptan a las condiciones nuevas. El resultado es hilarante, pero también tiene otra arista. Y es que como en todo buen libro ilustrado, al sumarse la imagen, el cuento se resignifica. La versión de Epaminondas de Bialet y O´Kif habla de los niños con capacidades especiales. En las ilustraciones, Epaminondas tiene claros rasgos de un niño con Síndrome de Down. Los pequeños personajitos animales, muy divertidos y el fondo de la doble página en que Epaminondas regresa a su casa con los besos acentúan el sentido de las palabras, la desesperación de querer y no poder.


Entonces la historia nos transmite algo más, la sensación del que quiere y no puede. Del que observa un mundo que varía y pierde sentido. La misma literalidad y frustración que veo en mi hijo Tomás cuando no le salen las cosas, o cuando repite, imitando, las cosa que aprende o que ve, sin llegar al sentido de la acción. Así, el libro se transforma en un libro contra la discriminación, no porque sea un libro de valores, no porque diga y repita “No hay que discriminar”, sino porque permite ver el mundo desde el lugar del otro. Otros aciertos de O´Kif son los personajes, bien morochos, bastante lejos del imaginario común de la Literatura Infantil. Incluso se permite un guiño a la Cordobesidad, a la Mona Jimenez y a los monos de Anthony Browne.
Un libro para no perdérselo, de verdad.