Para empezar a hablar de Elsa Bornemann y todo lo que significó en mi infancia debo comenzar contando algo de Robin Wood y la feria del Libro. Hace unas semanas fui al foro Educación y Comunicación en la feria del Libro. Llegué sin saber que iba a encontrar y lo que encontré fue la sala Roberto Arlt llena de docentes escuchando a Robin Wood. Quedé maravillado, jamás hubiera pensado que Robin Wood existía. Para mí solo era la firma que tenían mis historietas favoritas. Dago era real, Nippur era real, hasta Pepe Sánchez era real. ¿Robin Wood? ¿Quién era él? Un desconocido. No me pasó lo mismo con Oesterheld, quizás porque era el autor del Eternauta, quizás porque me contaron un poco de la historia de su vida, no lo sé. Al ver a Robin allí charlando y contando su vida, digna de una de sus historietas, parte de mí no podía creerlo.
Lo mismo me pasa con Elsa Bornemann. Cuando me enteré de su muerte la reacción fue de incredulidad ¿Quién? ¿Esa señora, todavía un poco joven en la foto del Face? No caía. Recién volvía del trabajo caminando y mi cerebro me dio un golpecito en el hombro. Socorro, me dijo. El elefante que armaba una huelga, la niña de la trenza tan, tan larga, me recordó…
Y para que no quedaran dudas me vino la imagen a la cabeza. Los tres acostados, mis hermanos y yo, arropado hasta el cuello, con la manta verde que todavía conservo. Mi papá sacaba El Libro. No teníamos muchos libros, por ahí porque todavía no existía el Boom de la LIJ, por ahí porque todavía estábamos en dictadura. Yo no lo sabía, solo sabía que en El Libro estaban todas las historias, todos los cuentos que quería leer. Mi papá preguntaba cuál. “El cinco” decíamos, “el 48”. Nos sabíamos los cuentos de memoria. El del gigante y el burrito (¿Cuántos años antes de Shreck?); la princesa que quería la luna; El conejo valiente, que era hijo del Gran Tragalobos y de la Gran Comeleopardos; y cuantos más que todavía hoy recuerdo. Hasta que un día mi papá decidió que ya éramos grandes para leernos. Y tuve que aprender a leer. Para mí eso es Elsa Bornemann: La autora de la Antología del Cuento Infantil. Y eso seguirá siendo, porque puede ser que un autor viva en sus libros. Pero hay libros que viven en sus lectores.





