El taller de poesía en la educación de adultos, Ana Silva
El
taller de poesía en la educación de adultos
Presentado en el Congreso Internacional de Promoción de la Lectura y el Libro “Leer y escribir en el siglo XXI”
La lectura y la
escritura son prácticas culturales de diversas características que
implican tener en cuenta los variados modos de comprensión de los integrantes de distintas comunidades y
uno de los posibles caminos para construir “una identidad abierta”. La escuela
es el ámbito propicio para crear escenas de lectura y escritura no sólo
individuales sino colectivas y abrir compuertas para que todos hagan uso del
derecho insoslayable de tomar la palabra.
Acordamos con
Michel Petit[1] que el rol del docente como mediador propicia esa construcción de la
subjetividad e incentiva la posibilidad de crear mundos posibles porque es el
que tiende puentes entre los lectores y los textos, puentes constituidos por
una variedad de estrategias. (Petit, 1999).
Las prácticas de lectura se caracterizan por la
diversidad de interpretaciones que surgen de las experiencias de los sujetos
lectores y al hacer “una puesta en común”, esa multiplicidad de voces se
interrelacionan y construyen un puente de comunicación y enriquecimiento no
sólo personal sino de todos los integrantes del grupo. Esta práctica cultural
posibilita la inclusión de la diversidad, desterrando el concepto de
homogenización, que consideramos excluyente porque los distintos modos de
comprensión dan cuenta de experiencias culturales particulares, que debemos
considerar a fin de que la promoción de la lectura tenga en cuenta las
diferencias de los sujetos y sus modos particulares de apropiación de los
bienes simbólicos y siguiendo a Elsie Rockwell2 se hace
indispensable recuperar la dimensión biográfica del acceso a la escritura y a
la lectura.
Experiencias de talleres de lectura y escritura en
escuelas de adultos: primarias, C.E.N.S, PAEBYT y Centros Educativos nos
mostraron que la lectura y la escritura estaban presentes en la
vida de esos alumnos, no de la manera convencional, sino por otros caminos:
leyendas, mitos y tradiciones de las zonas de origen, narradas por algún
familiar, rondas de cuentos populares alrededor del fuego o multiplicidad de
leyendas urbanas que circulan por sus barrios. Otro caudal de lecturas lo
brindaban las canciones que aportaban distintas miradas del mundo y que ellos
conocían a la
perfección. En base a ese capital, realizamos distintos
talleres, tanto en C.E.N.S, Primaria de adultos y Centros Educativos y el
reservorio cultural de los alumnos nos posibilitó un acercamiento al lenguaje
poético. Partimos de las diferentes estéticas para introducirnos en los recursos de la poesía. El lenguaje
metafórico de las letras del rock nacional puso de relieve el trabajo
particular con la palabra.
Lo mismo podemos decir de las letras de tangos, zambas, chamamés o boleros. Cada uno
de estos géneros despertaba múltiples emociones. Esta diversidad nos permitió
desarrollar consignas de lectura y escritura en las que lo vivencial permitía
la entrada a otras voces. Y así la ciudad de Charlie García, Fito Páez,
Discépolo u Homero Manzi recibía la ciudad de Baldomero, Perlonguer, Gelman o Mangieri.
Igual que los campos o los ríos de las zambas y las guaranias dejaban paso al
monte de Federico, al mar de Neruda o de Alfonsina. Los cantos amados traían memorias de otros tiempos o recientes,
fortalecían los saberes previos y propiciaban la llegada de nuevos cantos, de
nuevas voces. Comprobamos que la poesía llama de distintas maneras: por su
sonoridad, su ritmo, su poder de síntesis, la transgresión, ya sea en el uso
del lenguaje, el espacio o en su decir que rompe esquemas, desafía, juega, arma
y desarma. Traza volteretas, invita al juego, a la memoria, desanuda el tiempo
y hace posible regresos y maldiciones, recuerdos y desafíos, encuentros y
corredores transitados por voces que susurran, gritan, definen o acusan.
A la poesía se
entra sin miedo. Lo importante es tener el oído atento y los ojos bien abiertos
para no perderse nada. El vivir muchas veces tiene ribetes de poema. El agua,
el viento, una voz, una mirada o la sombra de un gesto pueden dejarnos una
huella que al hacerse palabra, se hace verso, sonoridad, se hace voz nuestra y
al compartirla es de todos, sino basta con leer a los poetas de la ciudad que
encontraron en las calles porteñas y en sus rincones una manera de decir. O los
otros, los poetas lejanos que hablan del mar o de las montañas y nos
posibilitan construir nuestro propio mar y nuestras propias montañas y las
palabras se mueven, se tiñen de colores, de gustos, florecen en aromas y es una
fiesta comprobar que el mar de Neruda tiene otro verdor y que la lluvia de
Vallejo o de Baldomero resuena en nuestro patio o que el amor de Bécquer,
Pizarnik o Shakespeare se encuentra a la
vuelta de una esquina.
Una mañana
cualquiera la vida tiene un vestido nuevo y al sentir y pensarlo, el verso está
codo a codo con nosotros y qué bueno compartirlo, instalarlo en el aula y ver
qué pasa. ¿Cómo serán los vestidos de la vida de nuestros alumnos en esa
mañana? Y ahí está el pizarrón y cuando las voces surgen porque la convocatoria
a darle palabras a los sentimientos, a las cosas, a crear mundos, a nombrar la
vida, a experimentar con el juego
sonoro, instala los versos y el poema
nace. Y la invitación sigue porque la poesía siempre espera más, entonces
tomamos un libro de poemas y leemos, leemos con ganas para que el alma se
instale en cada sonido, se corporice, se meta en los bolsillos. Leemos sobre la
lluvia, el tren que corre, el cielo desparejo o las calles de algún barrio.
Leemos un poema, dos poemas y dejamos el aula llena de duendes como decía
Federico y la palabra emprende el viaje, transformada porque alguien la recibió
y la llenó de vida.
En un taller
con adultos de un C.E.N.S, los invitamos a recorrer esos versos, a hacer uso de
ellos. El poema instala otra dimensión, y al sentirlo hace posible que la voz
salga de su corral y dialogue con él, lo recree, lo amplíe. Un solo verso puede
soltar las velas y lanzarnos al mar. Al leer estos versos de Juan Gelman: “Lo
que me diste// es la palabra que tiembla” y plantear qué sucede en ese acto de
dar, surgieron muchas respuestas. Cada alumno dio su propio matiz y la palabra
y el temblor se llenaron de luz, de pájaros, de sombras y en algunos, de
silencio. Y al armar collages con versos de distintos autores se sumaron las voces de los alumnos, pegando,
seleccionando, viendo qué pasaba, a qué territorios los llevaban esas palabras.
La música es
otra gran aliada del taller de poesía: crea climas, sugiere paisajes, deja que
los sentimientos salten la valla y permite que las palabras surjan y se
escriban de manera espontánea, sin seguir ningún orden para luego, combinarlas
en una frase. En un taller, Enrique, un alumno de C.E.N.S, después de escuchar
un tema de Uña Ramos, escribió:”viento- desierto- cardo- noche- silencio” y
luego de jugar con los significados,
escribió en el pizarrón:”El viento del desierto barre la noche poblada de
cardos. Silencio” y las palabras sueltas cobraron vida y como en el curso había
varios alumnos del norte, la emoción se instaló y esa frase generó otra
propuesta: continuar el texto y ver hacia dónde los llevaba el viento que su
compañero había sentido.
Trabajar con el
discurso poético implica un desafío para el docente de Lengua y Literatura:
Desafío porque este discurso por su misma naturaleza, quiebra todos los
estereotipos pero este quiebre permite que las voces secretas de los alumnos
puedan aflorar, se manifieste su subjetividad, sus visiones del mundo y al
socializar lecturas y producciones se establezcan vínculos con la palabra del
otro y se rescate la diversidad a partir del sentir. Y en ese ámbito de
exploración y descubrimiento, cada alumno va encontrando su manera de decir y,
en la puesta en común, el grupo se enriquece con los distintos aportes. El
hecho de escribir, con sus idas y venidas, tachaduras, cambios de palabras,
abre las puertas de la reflexión, grupal o individual, según el tipo de
trabajo. Pero siempre la mirada colectiva posibilita nuevas lecturas.
Uno de los
problemas que se nos planteó al trabajar el texto poético fue ver de qué manera
se ponían en funcionamiento los distintos modos de apropiación a la hora de
leer y escribir y qué procesos de construcción de subjetividades se ponían en
escena. Una de las posibilidades fue elegir un recorrido textual a través de
tópicos recurrentes para abrir un abanico de significaciones. Y nuestra tarea
como coordinadores fue posibilitar que todas las voces se escucharan, que todos
los escritos de los alumnos circulasen y entre todos ir construyendo saberes.
La diversidad de consignas mostraron el fuerte
valor performativo de las palabras. Según lo postulado por Bourdieu3,
con los discursos producimos creencias y con esto producimos acciones. Los
discursos construyen al mundo, hacen cosas. Acordamos con Egan4 que
“la imaginación es la herramienta de aprendizaje más potente y enérgica”. (Egan, pg. 12).
Estos
talleres evidenciaron otra dimensión de nuestras prácticas porque ofrecían diferentes rutas para el encuentro o
reencuentro con los libros y la
escritura. A partir de esta empiria compleja, en ámbitos en
los que predomina la diversidad sociocultural y también la pobreza, nos enfrentamos con una realidad que requería
otro tipo de acercamiento, querompiera
con las prácticas establecidas, para aprovechar esos modos de leer y escribir
distintos de los paradigmas escolares y lograr el poder de convocatoria de las
palabras. Para este fin, la poesía fue una magnífica aliada que posibilitó el
encuentro con los textos e invitó a viajar para explorar nuevos territorios.
Ana
Emilia Silva
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1 Petit,
Michel. Nuevos acercamientos de los
jóvenes a la lectura. México , FCE, 1999.
2 Rockwell, Elsie. “La lectura como práctica cultural: conceptos para el estudio
de los libros escolares”. En Lulú
Coquette, Revista de Didáctica de la Lengua y la Literatura, Buenos Aires,
Año 3, Nº 3, 2005. pp. 12-29.
4 Egan, Kieran. La
comprensión de la realidad en la educación infantil y primaria.
Madrid, Morata, 1991.
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