¿Qué le estamos contando a nuestros lectores más jóvenes? El mundo que heredan a través de la palabra.
Maité Dautant
(Venezuela, 1971)
Licenciada en Letras, egresada de la Universidad Católica Andrés Bello y Magister en Lectura y Escritura de la Universidad Pedagógica Experimental Libertador. Actualmente se desempeña como Gerente de Información, Documentación y Estudio del Banco del Libro. Ha sido facilitadora de diversos talleres en el área de promoción de la lectura, tanto dentro como fuera del país. Ha sido profesora del Máster en Libros y Literatura para Niños y Jóvenes, que llevan en conjunto la Universidad Autónoma de Barcelona y el Banco del Libro. Es miembro del Comité de Evaluación del Banco del Libro desde hace 18 años. Ha publicado los siguientes artículos: “Fantasía épica en la literatura juvenil latinoamericana”, “Un zigzagueo por el realismo en la literatura juvenil”, “¿Por qué más libros para niños?”, “El humor en los libros para niños” y “¿Qué le vemos al libro de información?”. Ha publicado tres recopilaciones de tradición oral para niños: No se aburra y El que ríe de último, con Ediciones B de Venezuela y Lo misterioso, lo sorpresivo, lo insólito y pare de contar… con Random House.Fuente: CILELIJ Colombia.
¿Qué
le estamos contando a nuestros lectores más jóvenes?
El
mundo que heredan a través de la palabra.
Maité Dautant
La
producción editorial de narrativa para niños en América Latina tiene ya cierta
familiaridad con la vieja imagen de los espejos que se reflejan hasta el
infinito, y terminan por armar un laberinto donde a veces da gusto perderse y a
veces, no tanto. A lo largo de este sendero fragmentario se encuentran pequeños
hilos que una Ariadna invisible nos deja por ahí, como quien no quiere la cosa,
y que terminan por reunirse en una madeja que nos vinculacomo adultos: nuestras
visiones del mundo y la manera como las transmitimos a los más jóvenes a través
de la palabra escrita.
Las
representaciones de la realidad que la narrativa ofrece a niños y jóvenes están
inevitablemente construidas a partir de la experiencia del mundo que han vivido
los autores. Allí pueden verse entremezcladas, tantos vivencias de su propia
infancia como su perspectiva sobre las estructuras sociales, suposición ante las
relaciones y las acciones humanas, su marco ideológico particular, su opinión
sobre los hechos de la historia reciente.
Esto
se pone de manifiesto tanto en los temas como en la selección y caracterización
de los personajes, tanto en la descripción de contextos y la creación de
atmósferas como en las relaciones que se construyen alrededor de los
personajes.Y por supuesto, incide también en el manejo del discurso con el que se
construye el mundo ficcional y se definen las claves que permiten la
vinculación con los lectores.
El
mundo en que vivimos nos mantiene constantemente rodeados por una andanada de
estímulos y sensaciones. Debemos hacer el esfuerzo por dilucidar qué es lo que
verdaderamente merece ser tomado en cuenta y qué no, así que clasificamos y
ordenamos según prioridades. Para
lograr esto es necesario contar con categorías apropiadas en las cuales pensar,
para así procesar la realidad y relacionarse con ella. En tal sentido, el modo
en que los escritores definen esas categorías determina su relación con el
entorno y por supuesto, sus maneras de describirlo. Como afirma Louise Rosenblatt
(2002, p. 61)
“Nadie cuestionaría que en la creación
literaria el escritor hace algo más que reflejar experiencias en forma pasiva, como a través de un lente
fotográfico. Opera una fuerza selectiva. Del tumulto de impresiones con las que
nos bombardea la vida, el escritor escoge elementos con un significado
compartido por él y sus lectores, construye una nueva secuencia, una nueva
estructura que le permita, en pocas palabras, comunicarse con su lector”.
Para
intentar comprender cómo los autores latinoamericanos comunican a los lectores
su percepción sobre la vida pública, nos asomaremos a algunas obras para niños
y jóvenes publicadas en los últimos doce años. Para definir este corpus se hizo
una revisión de los libros publicados se 2000 a 2012 y se seleccionaron los más
representativos de acuerdo a las categorías sobre la vida pública definidas
para este congreso.
Primer encuentro con el afuera: viviendo con el Otro
Cuando
hablamos de la vida pública inmediatamente pensamos en lo que sucede de la
puerta de la casa hacia afuera, de lo que ocurre cuando interactuamos con
personas ajenas a nuestro círculo familiar. Sin embargo, los primeros encuentros
con ese afuera ocurren, justamente, dentro de casa, cuando logramos tener
conciencia del Otro con el que compartimos espacio. Como lo afirma uno de los
personajes de Berta Hiriart (México) en Revelaciones
(2006, p. 71):“La casa también es el
mundo (…) No sólo los partidos políticos, las cámaras de diputados o los
presidentes. El mundo también son las zanahorias y los platos sucios.” Ya
lo decían aquellos viejos principios herméticos: como es arriba es abajo, como
es adentro es afuera.
En
condiciones normales aprendemos en casa que existen reglas importantes para
aprender a vivir en comunidad. Progresiva e inconscientemente vamos comprendiendo
que existen normas que nos obligan a tomar en cuenta los derechos e intereses
de los demás, e incluso, sus sentimientos. Dentro de ese pequeño mundo en el
que aprendemos principios básicos de convivencia, el Otro puede ser un hermano,
un primo, algún pariente cercano y hasta nuestros padres en su dimensión de
adultos, con una vida interior propia y ajena a nuestros ojos. En La
otra cara del sol (2007), de
Gloria Cecilia Díaz (Colombia), por ejemplo, Jana cuenta en un tono íntimo, y
con la sinceridad de quien comparte un secreto, cómo debe soportar a sus hermanos menores y sufrir la
profunda tristeza de su padre, cómo debe reconocer y lidiar con sus
sentimientos negativos hacia ellos para poder cumplir con las responsabilidades
que le corresponden por ser una de las hijas mayores de una familia huérfana de
madre. La conciencia de los cambios propios del fin de la infancia, y de los
signos de superación del duelo, le abren progresivamente una perspectiva más
amable tanto de la gente cercana como de sí misma. En La mala del cuento (2010), de Vivian Mansour (México), Marina, la
protagonista, inventa planes para ahuyentar a la nueva novia de su padre, ante
la posibilidad de que termine por convertirse en una pérfida madrastra de
cuento. Sin embargo, un acontecimiento inesperado le permite comprender una
dimensión inusitada sobre su vida familiar, lo que propicia su cambio de
actitud ante las personas que están por ingresar a ella.
Cabe
destacar una tendencia que se ha vuelto común en los relatos para niños y
jóvenes que abordan, aunque sea de manera tangencial, el tema de las relaciones
familiares: la visión cuestionadora sobre los padres y los hermanos mayores.
Los primeros son frecuentemente representados a partir de una mirada burlona y
condescendiente, con un dejo de resentimiento ante su enorme necesidad de
controlar todo y su desinterés o incapacidad para tender puentes sólidos de
comunicación con los hijos. Los hermanos mayores, por su parte, suelen ser
ridiculizados y descritos como seres absolutamente despreciables. Jero cara pálida, de Irene Vasco
(Colombia), Invisible (2006), de
María Baranda (México) y No abrir hasta
el año 3000 (2010), de Mireya Tabuas (Venezuela) son ejemplos claros de
este fenómeno. Sin embargo, a pesar de la perspectiva crítica, estas historias
dejan abierto el espacio para la reconciliación y la comprensión de las
acciones y actitudes de cada uno.
Desde
la casa se tiene la posibilidad de aproximarse al reconocimiento de esos otros
que forman parte del tejido de nuestra historia familiar, al tiempo que
aprendemos sobre las maneras de ser y de hacer del grupo al que pertenecemos,
ya sea que nos organicemos por origen étnico, filiación política, estatus
socioeconómico o cualquier otra categoría que nos sirva para ubicarnos en el
mundo. En Estrellas de vainilla
(2009), de Moisés Sheinberg (México), un niño de 12 años se ve envuelto en una
situación misteriosa y amenazante que le va desvelando progresivamente la
sorprendente historia de sus antepasados. Una suerte de prueba iniciática lo lleva
a comprender la dimensión del legado que ha recibido de su familia y su lugar
como nudo reciente en una antigua red multicultural.
En
La Tía Berta, de Felipe Márquez
(Venezuela), la voz narrativa evoca a un curioso personaje que forma parte de
su historia familiar y personal. Nacida durante la Segunda Guerra Mundial y
emigrada luego a Venezuela:
“Tía Berta fue ascensorista profesional, con su sonrisa,
casi mueca, subiendo y bajando horario corrido. (...)
Solamente un día acarició mi cabeza, el
día que cumplí seis años, sellando en mi frente las siguientes palabras; Hijo
mío, en la vida todo sube y baja inesperadamente”
Durante
mucho tiempo la casa, y todo lo que contiene, representa entonces no sólo un
espacio de resguardo y de nutrición, sino también el lugar donde se ensayan las
primeras interacciones sociales, donde podemos contrastar nuestros aprendizajes
y nuestras acciones, tanto en el adentro como en el afuera, donde empezamos a
comprender que formamos parte de un mundo.
Otra
vía más para asomarse a un afuera lleno de personas, experiencias y vidas
diferentes está conformada porlas narraciones de tradición oral indígena, o que
cuentan historias ambientadas en contextos indígenas. Estos relatos, muy
abundantes en la producción editorial de estas latitudes, acercan a los
lectores al imaginario de los distintos grupos étnicos y, junto a las
narraciones de tema histórico, que cuentan episodios de algunos momentos
determinantes de nuestro pasado como los movimientos independentistas o las últimas
dictaduras, forman parte del marco referencial sobre el lugar de pertenencia que
la narrativa para niños y jóvenes ofrece a sus lectores. De esta manera, tienen
la posibilidad de aprehender referentes que los identifican como miembros de
una comunidad y que les permite construir conexiones con otros.
Laboratorio de interacción social: la escuela
Uno
de los espacios con mayor representación en la narrativa latinoamericana para
niños es la escuela. Este lugar funciona, tanto en la realidad como en la ficción,
como un microcosmos que replica todas las relaciones del mundo exterior. Es un
espacio importante de ensayo donde, en principio, se aprende sobre las
relaciones humanas, sobre las posibilidades de desarrollo del potencial de cada
uno. Allí también se entra en contacto con experiencias importantes sobre la
convivencia, sobre la comprensión de las particularidades de los demás y sobre
el respeto a esas diferencias.
Las
escuelas representadas en nuestros libros para niños revelan un profundo cuestionamiento
al sistema educativo, a las figuras de autoridad, al trato que se da a niños y
jóvenes. Allí se ponen en evidencia las rigideces de una estructura jerárquica,
las acciones de violencia y de acoso entre pares, las arbitrariedades de
directivos y docentes, la indefensión de los niños ante una estructura social
que uniforma y regularmente no tiene el tiempo ni la disposición de ocuparse de
las diferencias individuales. Esto no necesariamente significa que nuestras escuelas del mundo real sean exactamente
así, simplemente representa la percepción que como adultos tenemos sobre la
institución escolar y sus habitantes regulares. Un ejemplo los podemos
encontrar en Travesuritis aguda (2006),
de Rafael Barajas (México). La escuela sufre una abrupta inversión de su
funcionamiento regular cuando unas gemelas extremadamente tranquilas llevan el
contagio de un extraño virus que modifica el comportamiento de la gente, con
consecuencias insospechadas para niños y adultos. Se cuela, entonces, una
velada alusión al cuestionable desempeño de los docentes:
“Pero
eso no fue todo; las maestras, todas, continuaron haciendo cosas tremendas. Tan
tremendas que no vamos a contar para no darles ideas a las maestras traviesas.
Lo más curioso de todo es que, ese día, los niños no sólo echaron más relajo
que nunca, sino que también aprendieron como nunca.” (p. 34)
Detalles
como los nombres de algunas escuelas: Musas
de la Grecia Antigua, Dos más dos
menos dos igual a dos o Escuela 1 de
marzo (pero no en conmemoración de una fecha patria sino del cumpleaños del
padre del director) nos dan una pista de por dónde van los cuestionamientos que
se hacen a la escuela. Otro tanto ocurre con los apodos de los personajes represivos,
como es el caso de Ogrolaños, el director de la escuela en Invisible (2006), de María Baranda quien maltrata a todos para
imponer su control absoluto, o Cuchilla, el profesor de la novela homónima de
Evelio José Rosero (Colombia), quien se regodea en aterrorizar y humillar a sus
alumnos con una saña patológica.
En
contraste con ellos se encuentran personajes como el maestro Oswaldo, de Fernanda y el genio (Norma Muñoz Ledo,
México, 2007), ingenioso y creativo, quien está permanente inventando maneras
novedosas para facilitar el aprendizaje de sus alumnos, o Marta, la directora
en Bárbara bajo la lluvia (Nilma
Lacerda, Brasil, 2010) que logra aprovechar las cualidades de los alumnos de su
escuela rural para que sus aprendizajes sean útiles en la vida real y de esta
manera puedan encontrarle sentido a su permanencia en la escuela.
Las
mortificaciones padecidas en la vida escolar no sólo vienen de parte de los
adultos; el acoso y la violencia entre pares son otros de los clásicos
escolares. En Cupido es un murciélago
(María Fernanda Heredia, Ecuador, 2010), la niña más linda del salón resulta
más peligrosa que una víbora y pone al protagonista en múltiples situaciones
humillantes. Pero no hay drama sino una historia cargada de humor en la que se
reflejan diversos prototipos de relaciones humanas. Caso similar es el que vive
el protagonista de El enmascarado de lata
(2005), de Vivian Mansour (México), quien en su búsqueda de aceptación y
reconocimiento sólo alcanza una mayor avalancha de burlas y maltrato por parte
de sus compañeros. Pero su padre termina por acudir en su ayuda de manera
insospechada. En No abrir hasta el año
3000 (2010), de Mireya Tabuas (Venezuela), Inés ve todas sus pesadillas
hacerse realidad cuando le toca ser compañera de clases de una vecina abusiva.
El humor y la fantasía la ayudan a sobrellevar un removido año escolar.
A
la par de esa perspectiva poco alentadora se encuentra una más amable, donde los
compañeros se organizan para superar los conflictos y se ayudan a soportar el
autoritarismo de los adultos y el acoso de compañeros. Fernanda y el genio (2007), de Norma Muñoz Ledo, e Invisible, de María Baranda y Cuentos para leer a escondidas, Mireya
Tabuas. Son algunos ejemplos de esto.
Si
existe un espacio de la vida pública que resulta familiar a los niños es
justamente el medio escolar. Todas estas historias están llenas de guiños y de
referencias evidentes a la cotidianidad en ese lugar. Pero más allá de
representar lo que ya conocen, les ofrecen otras perspectivas sobre las
relaciones entre pares, sobre la realidad que puede esconderse detrás de la
conducta de los otros, así como del valor real de palabras como amistad,
solidaridad y aprendizaje.
El mundo adverso: problemáticas sociales
La
contundencia de la realidad no se escamotea a la mirada de nuestros niños y jóvenes -al menos no en su totalidad-
en las narraciones escritas para ellos. Con un discurso directo y cercano,
muchas obras reflejan las duras situaciones que se generan en un mundo que no
ha logrado disminuir la desigualdad en el acceso a bienes y servicios, en el
que la defensa de los derechos de los más vulnerables no ha sido
suficientemente efectiva. Desde mediados del siglo veinte, muchos autores de
nuestro continente han señalado con claridad las atrocidades que los seres
humanos hemos permitido que ocurran con nuestros congéneres. Uno de los
ejemplos más recientes lo tenemos en Rabo
de estrella (2007), de Nilma Lacerda, relato sobre la vida de una típica familia
extendida de zona popular que vive de recuperar objetos en un basurero. A pesar
de que los personajes se ven en la necesidad de vivir en y de un lugar
repulsivo, no pierden su sentido de la dignidad ni su capacidad de fruición
ante la belleza. El protagonista, quien fue abandonado allí como un desecho
más, crece con la idea de que su verdadera madre es una estrella fugaz. Esto le
da la fuerza suficiente para defender sus derechos y los de su familia cuando
pretenden arrebatarles lo poco que tienen. Pero esto termina por convertirse en
una sentencia desfavorable. Al final, el niño es quien les da el coraje para recuperar
su manera de ganarse el sustento.
En
este tipo de historias el mundo adulto no suele ser acogedor. En muchos casos se
mira al niño como una criatura sospechosa, con un enorme potencial para generar
problemas, razón suficiente para procurar mantenerlo bajo sometimiento. Esto,
invariablemente, involucra diversas formas de maltrato y responde a la
necesidad del adulto de imponer parámetros de contención para tener control
sobre todos los mecanismos de la cotidianidad. Se trata de historias donde la
miseria, en particular la del contexto urbano, hace que en la lucha por la
supervivencia los adultos se desentiendan de los niños, que procuren deshacerse
de ellos, pues son percibidos como un lastre asfixiante. Los que hemos trabajado
con niños y adolescentes de zonas populares sabemos que en la realidad es
exactamente así, e incluso peor. Una obra representativa en este caso es La muda (2010), de Francisco Montaña
(Colombia), novela cercana al relato naturalista, en el que una abuela abusiva
explota y maltrata de manera sostenida a sus nietos, abandonados por una madre
que se prostituye para sobrevivir. La protagonista, como hermana mayor, se
esfuerza por proteger a su hermano y tomar el lugar de la figura materna que no
han tenido. Su único asidero es la esperanza de que una fuerza superior logre
salvarlos.
No comas renacuajos
(2008), del mismo autor, explora a mayor profundidad la realidad de los niños en
situación de pobreza extrema, abandonados a su suerte y expuestos a toda clase
de peligros. En este caso, un grupo de hermanos, huérfanos de madre, con la
poquísima ayuda que reciben de adultos cercanos, se esfuerza por sobrevivir a
la espera del improbable regreso del padre. Pero no lo logran. Sólo uno de
ellos escapa de la muerte y es recluido en un albergue. Allí, una niña lo ayuda
poco a poco a recuperar su humanidad, a recordar que tiene derecho a seguir
vivo y a recibir afecto.
Otro
relato que asoma a la realidad de la pobreza extrema es Ururí y los sin chapa (2008) de Gladys Dávalos (Bolivia), en la que
se aborda el tema de los niños de la calle, sobrevivientes en un mundo lleno de
riesgos y cuya mayor desventaja es la indiferencia de la gente.
Una
historia que nos recuerda como lectores que el maltrato infantil es una plaga
inherente al ser humano y no a un grupo social en particular es Los secretos de Hafiz Mustafá, de
Francisco Leal Quevedo (Colombia). Ambientada en Estambul, narra la vida de un
par de huérfanos explotados por una ambiciosa tía, quienes con ingenio y creatividad
logran zafarse de la esclavitud y reconstruirse.
Entre
los temas menos abordados en nuestros libros para niños y jóvenes están el
abuso y la prostitución infantil.Una de las obras que se atreve a tocar esos
temas es Zapatos de tacón (2007), de
Lygia Bojunga (Brasil), donde se narra la historia de una niña que es tratada
como un objeto desechable, que de pronto carga sobre su espalda la
responsabilidad de cuidar a una abuela demente, y cuya lucha no para hasta que
alguien decide ayudarla a salvar lo que le queda de infancia.
Situaciones
duras, dolorosas, contadas en algunos casos con crudeza y en otros con un
discurso sutil, que dice sin decir, pero en todos los casos, tratadas con
respeto, sin amarillismos, poniendo el foco en la condición humana de sus
protagonistas.
Crecer en equipo: aprendiendo a convivir
Hay
dos temas fundamentales cuando hablamos de la vida pública: la convivencia y la
participación ciudadana. Como afirma Louise Rosenblatt (2002, p. 244) “La literatura fomenta el tipo de
imaginación que se requiere en una democracia, la capacidad de participar en
las necesidades y aspiraciones de otras personalidades y de vislumbrar el
efecto de nuestras acciones sobre sus vidas”.
Un
ejemplo muy claro de esto los tenemos en el libro álbum Maqueta (2012), de Iris Rivera (Argentina). En este relato un
pueblo de cartón y papel es arrasado por una inundación. La mayoría de los
habitantes corren serio peligro, pues sus cuerpos estaban compuestos de
materiales tan frágiles como el talco y el papel. Los vecinos de corcho, los
menos vulnerables, ayudan a salvar al resto de los pobladores. El rey, al ver
que están auxiliando a los sobrevivientes, les envía ayuda material. Luego de reconstruir
el pueblo con los cartones enviados desde palacio, queda en el aire la duda de
si podrán resistir otra inundación. Pronto, para indignación de los vecinos de
corcho, se descubre de qué material están hechos el rey y sus ministros. La
dedicatoria de este libro está dirigida “a los que flotan y ayudan a salir a
flote”, que es justamente uno de los compromisos que los seres humanos tienen
con los demás y consigo mismos. Más que una repetición vacía del viejo
principio que reza “en la unión está la fuerza”, este tipo de relatos apunta
más a lo que Rosenblatt define como “la
capacidad de sentir intensamente las necesidades y sufrimientos y aspiraciones
de aquellos cuyos intereses personales son diferentes de los nuestros, personas
con las que podemos no tener otro vínculo más que nuestra común humanidad”
(p. 210).
En
esta línea se encuentran obras como Reyes
y pájaros (2007), de Liliana Bodoc (Argentina), cuyas historias nos hablan
de personajes que salen de sí mismos, e incluso se exponen a situaciones de
riesgo, para aliviar el sufrimiento de otros o para luchar contra situaciones
de abuso. Por su parte, La silla de
imaginar (2011), de Canela (Argentina) nos cuenta como una silla puesta en
un jardín termina por echar raíces y se convierte en un árbol que da unos
frutos muy peculiares: sillas para imaginar. Los habitantes del pueblo empiezan
a usarlas para crear lo que desean para sí. Progresivamente, cada habitante
imagina cosas que benefician a otros. De esta manera, terminan recuperando el
tren y con él la esperanza de una vida mejor.
. En Un pueblo lleno de bestias (2009), Francisco Hinojosa (México), un
grupo de niños se organiza para luchar con sus propias armas, metras y balones,
contra las arbitrariedades de un alcalde que les niega el derecho a ser
reconocidos como parte de la comunidad, a tener una vida pública. Otros
ejemplos de historias cuyos personajes se agrupan para resolver un conflicto
son Payasos, de Gilberto Rendón Ortiz
(México) que trata el tema de los derechos laborales y la participación de
niños y jóvenes en su defensa, y La
pandilla del ángel, de Graciela Beatriz Cabal (Argentina), donde la
imaginación y la solidaridad de un grupo de amigos ayuda a resolver un extraño
problema en una ciudad de ficción.
Pero más allá de la búsqueda de
soluciones en equipo, también hay historias donde se nos recuerda que cada uno
tiene el potencial para generar cambios. Un ejemplo de esto lo encontramos en Yo, Claudia (2006), de Triunfo
Arciniegas (Colombia), donde una pequeña princesa aprovecha que su padre está
de reposo para introducir algunos cambios en el reino. De esta manera mejora la
vida de sus súbditos. Tan acertadas son sus decisiones, que su padre decide
dejarla al frente y tomarse unas vacaciones.
Otro
ejemplo de historias que nos hablan del potencial de cada uno para generar
cambios importantes lo tenemos en Jimmy,
el más grande (2010), de Jairo Buitrago y Rafael Yockteng (Colombia) cuyo
protagonista descubre a través de los libros y la lectura que en todas partes
las condiciones pueden ser difíciles, pero que el ser humano tiene la
posibilidad de hacer algo para modificarlas, no sólo para beneficio propio sino
también, y sobre todo, para los demás. Por tal razón “Jimmy también hablaba de cosas raras, de respeto y de dignidad, de
temas que a veces nadie quería escuchar”. Y cuando su entrenador tomó la
decisión de irse, “Jimmy se alegró por
don Apolinar, aunque no fue fácil despedir al mejor entrenador. Sobre todo
ahora que entendía que había tanto por hacer… Como no dejarse ganar por el paso
del tiempo… Como recuperar el gimnasio. Como montar una biblioteca”.
Territorios peligrosos:
conflictos políticos y violencia
El
espacio de lo público, en particular de los poderes públicos, a veces se
pervierte y termina por convertirse en una amenaza para la vida y la seguridad.
Los niños no están eximidos de padecer las arbitrariedades que de allí se
derivan, más bien se convierten en testigos y víctimas de ese mundo
enloquecido. Como afirma Gaby Vallejo Canedo en su artículo Política y niños: una aproximación a la
violencia política en la literatura infantil boliviana (2001, p. 18)“(…) la literatura infantil no obstante su naturaleza más bien fantástica
y recreativa (…), también ha ingresado al territorio de la violencia política,
tanto en narrativa como en poesía. Una consecuencia ineludible del contexto.
Los niños han sido observadores o coprotagonistas de hechos de terrible
violencia. Y los autores han decidido escribir para ellos lo inocultable”. Es
así como nos encontramos ante historias como El mar y la serpiente, de Paula Bombara (Argentina), en la que dos
voces narrativas hilan las dos mitades de una historia de huídas, pérdidas y
reencuentros, donde los personajes abordan, con esfuerzo pero con claridad,
asuntos como la militancia política, la represión, la clandestinidad, la
tortura. En la línea de la represión y de la violación del derecho a la participación política, Un amigo para siempre narra (Marina
Colasanti, Brasil, 2012) con un marcado tono poético, la relación entre un
preso político y un pájaro, con quien establece un diálogo sin palabras que
deja abierto el espacio para pensar en la esperanza y en la libertad.
Otro
tipo de violencia viene aparejado con los conflictos armados que ocurren en
lugares donde se olvida que la democracia existe, que la vida de las personas
vale por sí misma y no por el beneficio que se puede sacar de ellas, ya sea
sumándolas como fichas intercambiables por beneficios o eliminándolas para
evitar señalamientos incómodos. Una muestra de esto lo encontramos en obras
como Los agujeros negros (2008), de
Yolanda Reyes (Colombia) y Mambrú perdió
la guerra (2012), de Irene Vasco (Colombia), cuyos protagonistas sufren por
la súbita desaparición de sus padres y deben aguardar por tiempos más seguros
bajo la protección de una abuela.
En
Diente de león (2012), de María
Baranda (México), una familia de zona rural trata de sobrevivir a pesar de la
cercanía de un conflicto armado que no se nombra abiertamente, pero cuya
presencia es muy contudente. El padre ha desaparecido, la madre decide mudarse
a casa del enemigo para huir de la pobreza. Pero la protagonista debe quedarse
en casa con la abuela. Pronto los acontecimientos atropellan ferozmente a esta
niña, quien debe atravesar el miedo, el dolor y la pérdida para reencontrarse
con lo que queda de su familia. El lenguaje poético, de esta obra, sembrado de
imágenes elocuentes, propicia una conexión emocional con los personajes.
Los niños son las víctimas más
sensibles de los problemas sociales y políticos, a pesar del esfuerzo de las
organizaciones internacionales que se empeñan en prevenirlos. Pero la violencia
desbordada, sumada a ambiciones de diversa índole, también son una falla de
diseño de la especie humana, por lo que se manifiesta con igual desenfado e
intensidad en cualquier lugar del mundo. Cuando
callaron las armas (2006), de Edna Iturralde (Ecuador), nos da un ejemplo
claro de esto. Historias ambientadas en distintos países, en los que se ha
vivido un infinito conflicto armado, donde los niños no tienen un lugar seguro
para crecer, donde la vida apenas les alcanza para conocer la infancia.
Mudanzas y migraciones
Maracaibo,
una de las principales ciudades de Venezuela, es la cuna de lo que en todo el
país se conoce como “la maldición maracucha”, una incisiva sentencia con la que
los habitantes de esa ciudad obsequian a quienes les causan algún tipo de
contrariedad considerable. Tres palabras bastan: “Ojalá te mudéis”. En esa brevísima
frase están contenidas cada una de la tribulaciones que padece un ser humano
cuando se ve en la situación de recoger (y en ocasiones, hasta de perder) toda
su vida, su historia, su cotidianidad para moverse, por gusto o por fuerza, a
un lugar donde invariablemente lo espera una buena dosis de incertidumbres, de
cambios, y por supuesto, de temores. Y esto evidentemente, afecta a todos los
involucrados, particularmente a niños y jóvenes, a quienes les genera un
profundo desconcierto el hecho de verse trasplantados a un lugar ajeno, donde
no tienen vinculaciones ni referentes. En la novela El día de la mudanza (2007), de Pedro Badrán (Colombia), una voz en
segunda persona narra una de esas “pequeñas tragedias de la cotidianidad” en la
que una familia de clase media se ve forzada a mudarse a una zona popular
debido a que la situación económica del padre, que es quien mantiene la casa,
se ve afectada de manera irreversible. Con verbos de pitonisa, es decir, en
tiempo futuro, la voz narrativa va detallando el progresivo desmoronamiento de
una vida familiar sostenida en lo superfluo. A medida que aumenta el disgusto y
la incomodidad de los personajes, la narración se acelera y nos muestra la rápida
degradación moral de los cuatro sobrevivientes de un naufragio social,
incapaces de adaptarse a su nueva vida.
Mudarse
a un estrato social inferior puede ser doloroso, indiscutiblemente, pero
mudarse del lugar que le ha aportado a uno todos los elementos que lo conforman
como miembro de un grupo cultural puede ser realmente desgarrador. El tema de
las migraciones abarca tanto los desplazamientos desde las zonas rurales hacia
la ciudad como el traslado de un país a otro, ambos movimientos motivados por
la necesidad de preservar y defender la vida, ya sea de las amenazas del hambre
o de las de un régimen opresivo. Cuando
San Pedro viajó en tren (2008), de Liliana Bodoc (Argentina), cuenta en
tono poético el viaje a la ciudad que un niño y su madre deben hacer para
recomponer su familia, fragmentada en el momento en que el padre se va en busca
de trabajo. La perspectiva del niño, cándida y lúcida a la vez, intenta
explicar la experiencia del viaje, el discreto sufrimiento de la madre, la
certeza de que cada vez que vuelva a subirse a ese tren llevará a su pueblo
entero como equipaje. Una perspectiva similar la encontramos en el relato El hombre que llevaba su país en un bolsillo,
de Carlos Rubio (Costa Rica), donde un personaje muestra a quien quiera ver
todas las maravillas de su país que ha podido cargar en los bolsillos del
recuerdo y que logra revivir en todo su esplendor a partir de la palabra.
También
en tono poético, con imágenes sencillas y delicadas y en la estructura de
relato de tradición oral, El país de Juan
(2003), de María Teresa Andruetto (Argentina) nos cuenta la historia de quienes
perdieron todo, incluso la capacidad de sobrevivir haciendo lo que saben, y se
vieron forzados a habitar los cinturones de miseria de la ciudad. La esperanza
de una vida más amable en el lugar de origen hace que sus personajes regresen
al campo.
Cuando
la mudanza supone un cambio de país, también hay de por medio desconcierto ante
las diferencias con un mundo desconocido que resulta inquietante. Eloísa y los bichos (2009), de Jairo
Buitrago y Rafael Yockteng, representa de manera precisa esta realidad. Por su
parte Stefano, de María Teresa
Andruetto, nos relata la historia de
los inmigrantes europeos a América Latina, sin escatimar detalles en los
peligros de la travesía, las dificultades para encontrar un lugar, el
desarraigo, el dolor de la pérdida, el alivio por la reconstrucción de sí
mismo.
El
viaje de un lugar puede ser extremadamente riesgoso, como ocurre en Migrar (2011), de José Manuel Mateo
(México), historia en la que una madre parte con sus dos hijos a una ciudad
estadounidense en busca del esposo con quien ha perdido contacto: “Mi mamá nos metió en un agujero y se acostó
encima de nosotros. Era de noche. Alcancé a ver que perseguían a la gente y la
subían en unos camiones amarillos. Nos quedamos en el agujero hasta que
amaneció. Esta vez tuve miedo de que nos agarraran, porque si te atrapan
desapareces… Desapareces, así dijo una señora que ayudó a mi mamá”. Esta
amenaza persigue también al protagonista de Ecos
del desierto, de Silvia Dubovoy (México) cuya dura y arriesgada travesía, además
de asegurarle un mejor futuro, le permite conocer sus capacidades y descubrir
su vocación.
Al final del recorrido
En
un mundo cambiante, donde se acabaron las certezas absolutas y la prisa y la
banalidad hacen que la gente se olvide hasta de sí misma, la literatura latinoamericana contemporánea para niños y jóvenes habla a
sus lectores de realidades complejas, e incluso muy duras, que transcurren
cerca de nosotros o que suceden lejos pero que son consecuencia de las
debilidades comunes a los seres humanos. Estas historias procuran relatar la
vida real, con lo que tiene de familiar y lo que puede tener de terrible, donde
hay personas que logran salir de las dificultades y donde otras simplemente no alcanzan
a hacerlo. Donde las circunstancias pueden cambiar de manera repentina y
ponernos en situaciones complicadas, pero no por ello se pierde la esperanza de
que haya posibilidades de cambios favorables.
Un punto común a la mayoría de
estas historias es que destacan cómo cada uno, por pequeño que sea, tiene la
posibilidad de participar para mejorar las cosas, para intentar disminuir las
injusticias, para salir y ayudar a salir de las situaciones opresivas, para
ayudar a otros. La vida pública va más allá de ir a la escuela, de compartir espacios
de ocio, de jugar en la calle, en el caso de los que aún pueden. Habitar esos
espacios implica también un compromiso con ellos.
Se trata de señalamientos que parten desde una perspectiva adulta, sí,
pero contados desde un punto de vista cercano a los lectores, que les habla
desde sus propias experiencias, desde sus propias maneras de aproximarse a una
comprensión del mundo.
Hay muchos más temas y matices en torno al mundo exterior aún por
explorar desde la creación literaria. Hay muchos más enfoques y posibilidades
para comunicarlos. Invariablemente ese mundo se va abriendo paso a través de la
función poética del lenguaje para recrear una realidad difícil, cambiante, a
ratos inasible, pero que dice claramente que la convivencia es posible, que los
cambios pueden ocurrir, y cada uno de nosotros puede empujar para que sucedan.
Que la vida en sociedad tiene un mayor grado de trascendencia de lo que
regularmente se alcanza a ver y nos toca a los que ahora somos adultos ayudar a
mantener esa conciencia a través de la palabra. En este sentido, la experiencia
estética que propicia la literatura nos ofrece una suerte de mapa sobre las relaciones humanas que, a
través de la vinculación emocional, permea nuestro sentido de la ética
Referencias
Buitrago, Jairo y Rafael Yockteng (2010).Jimmy, el más grande. Bogotá: Lumen.
Hinojosa, Francisco (2006). Travesuritis
aguda. México. Fondo de Cultura
Económica
Hiriart, Berta (2006).Revelaciones.
México: Norma.
Márquez, Felipe (2005). La tía Berta. Caracas. Camelia.
Rosenblatt, Louise (2002). La literatura
como exploración. México: Fondo de
Cultura Económica.
Vallejo Canedo, Gaby (2001.) Política y niños: una aproximación a la
violencia
política en la literatura infantil boliviana. En: Revista Latinoamericana de
Literatura Infantil y Juvenil. (13), pp. 18-21.
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