Ladydi y el 8 de marzo

Clara Zetkin, Rosa Luxemburgo. (1910)
El 8 de marzo de 1910 el congreso de mujeres socialistas reunido en Copenhague a propuesta de Clara Zetkin (si no leyeron nada de ella descarguen acá) se proclamó Día Internacional de la Mujer Trabajadora. Un año después el 25 de marzo en Nueva York, se incendió la fábrica de camisas Triangle Shirtwaist, 146 mujeres murieron y 71 resultaron heridas. El 8 de marzo de 1917, en la ciudad de Petrogrado (Rusia) las manifestaciones con motivo de la celebración del Día internacional de la mujer, se convirtieron en el inicio del levantamiento popular contra la monarquía que terminó en la Revolución Socialista.
Hace unos días una ilustradora subió al Facebook que en una manifestación un grupo de docentes fueron violadas por policías mexicanos mientras estaban detenidas. En la cuenta @FemicideAlerts informan que durante 2014 se produjeron 277 casos de feminicidios en Argentina, es decir que matan una mujer cada 32 horas. Un intendente sale en ropa interior rodeado de niñitas y no es destituido y encarcelado.


¿Y qué tiene que ver la Literatura Infantil?


De mil formas tiene que ver.
La literatura infantil está plagada de estereotipos y clichés. De princesas, de hadas, de madres devotas. Y en ningún caso estoy hablando de escribir libros políticamente correctos con mujeres fuertes y cenicientas reloaded. No, pienso más bien en un librazo, que me dejó de cama por unos días.


Ladydi.
Jennifer Clement
Editorial: Lumen
I.S.B.N : 9788426400345


Ladydi García Martínez es una nena que vive en el Estado de Guerrero, México. Ahí las madres ruegan a su dios tener un varón. Y si va a nacer una nena, por favor que sea fea. Ladydi, es pobre, indígena y mujer. En su pueblo los narcos se roban las chicas, las vuelven sus esclavas. Las madres las protegen escondiéndolas en agujeros.
Hago una pausa y me acuerdo de un relato de esos que las familias cuentan una y otra vez, 11 de septiembre de 1973, mi madre me esconde abrazada a mi tía menor en un agujero en el patio.
Vuelvo al post y me apuro, después tengo que imprimir unas hadas para que pinten las nenas.

“Éramos como los conejos que se esconden cuando un perro hambriento anda suelto en el campo, un perro que no puede cerrar la boca, y su lengua saborea ya el pelaje de sus presas”. (pp: 13).

Entre estas niñas conejos que viven escondidas en el Estado de Guerrero, ahora reconocido por las 43 muertes en Ayotzinapa, vive Ladydi, con su madre. Enfrente de ellas Paula, la chica más linda del pueblo, tan linda que es más linda que las chicas de Acapulco. Pobre Paula qué catástrofe ser bella.
La novela describe un universo sin hombres, pues todos migran a Estados Unidos a trabajar o mueren en el intento.

“En nuestra montaña no había hombres. Era como vivir donde no había árboles.
Es como ser manco, decía mi madre. No, no, no, se corregía. Estar sin hombres es como dormir sin sueños”. (pp:17)

Clement describe un universo donde manda el narco y asola pueblos enteros. Donde la vida importa poco y un muerto sólo es detectado por los buitres. Donde la policía es cómplice y más corrupta que en el común de los casos. Donde las mujeres se marcan el cuerpo para que cuando las encuentren muertas las puedan reconocer sus familiares.

Y uno quisiera que estos no fueran más que recursos narrativos, que Clement utilizará el golpe bajo y esto no fuera más que una exageración. Pero no. Lamentablemente, no es exagerado.

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