Lo que tú quieras y la coherencia

Lo que tú quieras y la coherencia
Ellen Duthie & Daniela Mortagón.
Ediciones Iamiqué
ISBN: 9789871217946
La mitad de los problemas del mundo son por nuestra falta de reflexión y la incoherencia adulta absolutamente.
Veamos algunos ejemplos.
—Mujeres, nuestro cuerpo es nuestro.
Tres segundos más tarde...
—Hija, ponete una pollera más larga.
—Es increíble lo que hace este gobierno con los docentes.
—El anterior hizo lo mismo.
—Pero era distinto.
—Jaimito, no digas mentiras.
—Vos dijiste que la tía era gorda y después le dijiste que estaba divina.
—Los del gobierno anterior eran todos corruptos.
—Le encontraron a tu candidato una cuenta en Tangamandapio.
—Ah, pero eso es otra cosa.
—Hacele caso al boludo de tu padre.
—Hacele caso a la loca de tu madre.
—Hacele caso al boludo de tu padre.
—Hacele caso a la loca de tu madre.
Y así.
La incoherencia está siempre a flor de piel de cada uno de nosotros. Sí, de usted también.
Y los chicos ahí.
Los criamos como si no nos vieran. Todos los padres, los conservadores y los progres. Cada uno de nosotros criamos niños como si fuéramos el hombre invisible. Como si las cosas que hacemos decimos actuamos les pasaran desapercibidos. Y después un día anonadados pensamos: estos chicos de ahora, impulsivos y nada reflexivos.
Si NO REFLEXIONAMOS LOS ADULTOS, LE VAMOS A PEDIR A LOS NIÑOS COHERENCIA Y REFLEXIÓN.
Bueno, me dejo de gritar. Es que me apasiono.
Mentimos
Puteamos a los inmigrantes y decimos burradas. Somos progres hasta que nos entran a las casas y después pedimos muerte a los chorros.
Criamos a los pibes como si el alma de Pinochet se hubiera apoderado de nosotros o caemos en el otro extremo preguntándole a un bebé de dos años cómo quiere vestirse.
—A menganito no le decimos que no, le enseñamos por la positiva. Por ejemplo no le decimos: Ay menganito no muerdas a la señora. Le decimos Menganito mordé esta maderita que tiene mejor sabor y es más limpia.*
Los mandamos a la escuela a aprender ciencia y después los llevamos al homeópata y debatimos sobre la importancia de las vacunas.
Y lo peor de todo es que todo el tiempo pensamos que somos invisibles, que nadie nos está viendo, que nadie tiene memoria, que todo se reinicia y que vuelve a empezar.
Ya di suficientes vueltas, que tiene que ver esto con el libro Lo que tú quieras, de Ellen Duthie y Daniela Mortagón. Editado por Iamiqué.
Todo.
Lo que tú quieras es un libro sobre la libertad y sobre la libertad podemos decir tantas cosas.
El libro es una patada voladora a la mente.
“¿Eres libre de comer lo que quieras?”
“¿Vivirías en una cárcel...?”
“¿Los hijos son propiedad de sus padres?”
“¿Quién crees que debería decidir la edad a la que se pueden hacer las cosas?”
Una tras otra descolocando, abriendo opciones, haciendo dudar, reflexionar. Un libro a disposición de todos, para ser valiente y decir “a ver, pensemos”.
Ojalá que existan padres y docentes que se animen a hablar esto con los niños, que se animen a poner en discusión sus propios pensamientos. Que decidan que capaz lo del ejemplo vale para todos. Que los chicos tienen ojos y oídos para captar cada una de las incoherencias que hacemos y decimos.
Porque hay temas candentes que tenemos que reflexionar. Temas que nos ocurren acá no más, todos los días.
Les voy a dar un ejemplo extremo:
Una docente en el barrio de La Boca en la Capital de Argentina les pasó un video a los nenes sobre “los dos bandos” durante la última dictadura militar.
Sí, es terrible, sí, es facha. Pero ¡TODO EL PROGRESISMO PEDÍA LA CABEZA DE LA MAESTRA!
¿Querés matarla en tu muro de Facebook?
Pero porfavorcito no pidas que censuren y cesen en el cargo a la docente. Porque eso en mi barrio se llama censura y persecución política. Debatí con los pibes sobre porque no es así, llevala a Nora Cortiñas, la coherencia personificada a la escuela a que cuente su vida, su experiencia. Planteale a los pibes que la justicia se expidió sobre la dictadura militar y estableció que fue una matanza sistemática y premeditada. Pero DISCUTÍ. Porque si no a los ojos de los pibes sos otro igualito al que prohibió La Torre de cubos.
“¿Si fueras libre de portarte mal sin que nadie se enterara, qué harías?”, pregunta el libro.
Creo que esa es la pregunta que hay que hacerle a todos los presidentes antes de asumir.
Si usted señor, señora fuese invisible, ¿Qué haría?
No. No sirve seguro que hace una promesa electoral y no cumple su palabra.
*Algunos de estos ejemplos son llevados al absurdo para demostrar mi punto.
Otros no, son extraídos de la realidad, real.
La yapa para consolarnos de la sopapeada.
LO SÉ, PERO NO DEBERÍA
Sé que la gente se acostumbra. Pero no debería.
La gente se acostumbra a vivir en un apartamento interior
y a no tener otra vista que no sea las ventanas de alrededor.
Y como no tiene vistas, luego se acostumbra a no mirar hacia afuera.
Y como no mira hacia afuera luego se acostumbra a no abrir de todo las cortinas.
Y como no abre las cortinas luego se acostumbra a encender más pronto la luz.
Y a medida que se acostumbra, olvida el sol, olvida el aire, olvida la amplitud.
La gente se acostumbra a levantarse por la mañana sobresaltado porque es la hora.
A tomar el café corriendo porque va atrasado.
A leer la prensa en el autobús porque no puede perder el tiempo del viaje.
A comer un sandwich porque no hay tiempo para almorzar.
A salir del trabajo porque ya es de noche.
A dormitar en el autobús porque está cansado.
A acostarse temprano y dormir profundo sin haber disfrutado el día.
La gente se acostumbra a abrir el periódico y a leer sobre la guerra.
Y aceptando la guerra, acepta los muertos y que haya una cifra de muertos.
Y aceptando la cifra acepta no creer en las negociaciones de paz,
acepta leer todo el día sobre guerra, sobre cifras, sobre su larga duración.
La gente se acostumbra a esperar el día entero y escuchar al teléfono: hoy no puedo ir.
A sonreír a la gente sin recibir una sonrisa de vuelta.
A ser ignorado cuando necesitaba tanto ser visto.
La gente se acostumbra a pagar por todo lo que desea y necesita.
A luchar para ganar el dinero con qué pagar.
Y a ganar menos de lo que necesita.
Y a hacer colas para pagar.
Y a pagar más de lo que las cosas valen.
Y a saber que cada vez pagará más.
Y a buscar más trabajo, para ganar más dinero, para tener con qué pagar en las colas en las que se cobra.
La gente se acostumbra a andar por la calle y ver carteles.
A abrir las revistas y ver anuncios.
A encender al televisión y ver publicidad.
A ir al cine y engullir anuncios.
A ser instigado, conducido, desnortado, lanzado a la infinita catarata de productos.
La gente se acostumbra a la polución.
A las salas cerradas con aire acondicionado y olor a cigarro.
A la luz artificial con su ligero temblor.
Al choque de los ojos con la luz natural.
A las bacterias del agua potable.
A la contaminación del agua del mar.
A la lenta muerte de los ríos.
Se acostumbra a no oír los pájaros, ni el gallo de madrugada, a temer la hidrofobia de los perros,
a no coger la fruta a pie del árbol, a no tener ni siquiera una planta.
La gente se acostumbra a demasiadas cosas para no sufrir.
En dosis pequeñas, intentando no percibir, se va apartando un dolor de aquí,
un resentimiento de allí, una revuelta allá.
Si el cine está lleno la gente se sienta en primera fila y tuerce un poco el cuello.
Si la playa está contaminada la gente solo moja los pies y suda en el resto del cuerpo.
Si el trabajo es duro la gente se consuela pensando en el fin de semana.
Y si el fin de semana no hay mucho que hacer la gente se acuesta temprano
y aún queda satisfecho porque siempre tiene sueño atrasado.
La gente se acostumbra para no rallarse en la aspereza, para preservar la piel.
Se acostumbra para evitar heridas, sangrados, para esquivarse
de la faca, de la bayoneta, para proteger el pecho.
La gente se acostumbra para proteger la vida que poco a poco se gasta y, que
de tanto acostumbrarse, se pierde de sí misma.
(1972)
Marina Colasanti (Asmara, Etiopía, 1937)
Reside en Brasil desde 1948
de Eu sei, mas não devia, Editora Rocco, Río de Janeiro, 1996
Traducción al castellano de Selo Blanco.




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