Por qué queremos que los niños, niñas y jóvenes lean
Debo
hablar de las “Competencias, disponibilidad, retos y desafíos en la mediación
de lectura para niños y jóvenes”.
Y se me
hace tremendamente difícil abarcar tan grande espectro temático.
Primero
porque hablar de mediación de lectura para niños y jóvenes me lleva a infinitas
preguntas.
Y
segundo porque realmente en este estado de cosas creo que nuestro principal
reto como mediadores de lectura es garantizar la democratización del acceso a la
cultura y asegurar el derecho a leer y escribir.
Pero
estoy partiendo de atrás para adelante.
Comencemos
por el principio. “Por qué queremos que los niños, niñas y jóvenes lean”.
Por qué
pensamos miles de formas para que los chicos dejen los jueguitos y se pongan
con un libro.
Por qué
insistimos que leer abre mentes, muestra mundos y otras metáforas similares.
Por qué
queremos que lean.
Por qué
exigimos todo el tiempo a los gobiernos que lleven adelante planes de lectura.
Por qué
insistimos que los maestros den más libros para leer en la escuela y que las
bibliotecas tengan más libros.
Qué
ocurre con nuestra idea de lectura que nos parece que leer es mejor que correr,
que explorar, que aprender de ciencias, que filosofar.
De
hecho, hoy estamos acá pensando el tema.
Se ha
reunido un festival por cuatro días para pensarlo.
Y a mí
me encargaron que les hable durante cuarenta minutos sobre mediación lectora.
Y
seguro que no es el único taller que está ocurriendo en este momento.
Abril
es un momento en el que el libro y la lectura están por todos lados con la
feria de Bologna, la Feria del libro de Buenos Aires, la Feria del Libro de
Bogotá, el día internacional del libro.
Y
durante el resto del año cientos de horas de cientos de especialistas de
decenas de países estarán abocadas a buscar y resolver cómo hacer que los
chicos lean.
Con:
Investigaciones.
Libros.
Tesis
doctorales.
Foros.
Ongs
que se ocupan del tema.
Fundaciones.
Asociaciones.
Investigaciones
sobre libros, lecturas, formas de leer.
En el
año 1998 Graciela Montes en Madrid dictó una conferencia para la Fundación
Germán Sánchez Ruipérez. El texto lleva por nombre El espacio social de la lectura.
“¿Cómo se explica ese perpetuo tono de
insatisfacción cuando hablamos de lectura, esa vaga culpa, esa rara nostalgia?
Mi impresión es que confluyen en este momento
un conjunto de “ideas acerca de la lectura” bastante cristalizadas, resabio de
la estructura del sentimiento de un momento histórico anterior, y una
experiencia viva de nuestro tiempo en el que la lectura no termina de encontrar
su significación y su sitio. Hay un desencaje. Y ese desencaje genera
desasosiego y llanto. También ceguera, prejuicios y muchos movimientos
erráticos.
Da la sensación que nuestro tiempo […] ha
perdido la su confianza en la lectura, no está muy seguro de para qué sirve y,
avergonzado por haber dejado caer algo tradicionalmente tan valioso, de a ratos
compone elegías sobre ella y de a ratos la disfraza y la hace bailar como a un
monito.”
Todos los que de una u otra manera trabajamos
en el tema de la lectura, la mediación, la promoción o como queramos nombrar la
tarea que realizamos, sabemos que en algún momento bajamos los brazos y nos
parece que la lucha está perdida y que jamás le podremos ganar a Netflix, a Just
dance o Fortnite. Y nos basta un pequeño gesto, una nena que viene y nos pide
que le leamos, un maestro que nos cuenta que Juancito de 4to ese que está todo
el tiempo saltando arriba de la mesa se enganchó con la novela que le
recomendaste de Roal Dahl o ves a esa bibliotecaria que se va al último pueblo,
al más lejano con su mochila con libros y vuelve la esperanza y somos gigantes
que podemos vencer a fuerza de libros a cualquier jueguito en línea.
Y tenemos ese desencaje cultural esa
nostalgia que nos lleva a pensar que leer es bueno, que leer abrirá mentes, que
leer los llevará a otros universos.
Leer permitirá que las pruebas de prácticas
del lenguaje den mejor.
Leer
permitirá elevar la comprensión lectora.
Leer
producirá que algunos chicos y chicas se vuelvan sujetos más conscientes.
O que
encuentren placer en leer.
O
disfrute con las historias.
Y
estimulen la fantasía.
Amplíen
su lenguaje.
Qué
materia mágica tiene la lectura que pensamos va a cambiar el estado de las
cosas.
Montes
en el artículo citado explica:
“la
lectura significaba. Tenía un sitio en el imaginario social. Y los que hacían
circular los libros, los agentes sociales de la lectura, sus mediadores
(editores, bibliotecarios, maestros, libreros, tipógrafos) eran siempre, a su
vez lectores; la lectura era para ellos es significativa, funcional. Creo que
es lo que extrañamos, la significación. No la masividad, qué es lo que parece
extrañar el plañidero “los chicos ya no leen como leían antes”. Aunque hay
muchos más libros que antes en el mundo y aunque, en un sentido democrático,
son muchos más los que están en condiciones (potenciales) de leer, leer ya no
parece significar, para la estructura de sentimiento de nuestra época lo que significaba
antes. Y no terminamos de encontrarle un nuevo significado.” (Montes, Op.cit.)
Leer
dice Montes tenía un sitio en el imaginario social. Cuando tratamos con
insistencia que niños y niñas lean caemos un poco en esta idea, en la nostalgia
de que si lo logramos algo va a cambiar, volveremos a esa época previa en la
que leer estaba bien visto y todos los niños lo hacían.
Porque
en ese momento idílico los niños leían, no veían televisión, pasaban largo
tiempo en la biblioteca. Mi pregunta es ¿en qué momento ocurrió eso?
¿Cuál
es el período histórico en el que los niños leían por encima de sus otras
actividades?
Fui una
niña muy lectora.
Me
escondía para leer y no hacer mis deberes y mis tareas cotidianas.
Sin
embargo, cada vez que podía y tenía dinero también me escapaba a la esquina a
jugar Space invaders o Pacman al que siempre perdía irremediablemente porque mi
mala coordinación ojo-mano es digna de estudio.
Mis
amigos eran y no eran lectores. Pero el momento de encuentro era ahí en ese
garaje en el medio de un barrio donde un vecino había instalado seis máquinas
de jueguitos.
Más
atrás en el tiempo en los años ‘50 – ‘60 cuando yo todavía no había nacido, la
lectura era cosa de la pequeño burguesía acomodada o de la burguesía. Solo las
clases altas tenían tiempo y recursos para los niños leyeran.
Una de
las movidas más interesantes de los años ‘60 y ‘70 es la que protagonizan
editores como Boris Spivacow en Argentina o la editorial Quimantú en Chile que
ponen en manos de los lectores miles de libros a muy bajo precio.
Es
cierto que entrados los ‘70 y avanzados los ‘80 muchas editoriales contaban con
colecciones muy económicas que se vendían en los quioscos y que los chicos
compraban al pasar. Espasa Calpe, Salvat. El Centro editor de América Latina,
etcétera. Pero esa oferta ¿estaba realmente a disposición de todos?
En mi
país Chile, la lectura en los ‘80 era sinónimo de rebeldía, de estar contra la
dictadura. Podías observar un militante de izquierda solo con ver su bajo su
brazo uno o dos libros, era una forma de reconocernos.
Ha de
ser a esa nostalgia de pertenencia a un club secreto donde estábamos los que
leíamos, a lo que se refiere Graciela Montes.
“Leer,
y conocer, porque el conocimiento y la discusión estaban ligados a la lectura
de biblioteca, era el modo de completar – y dar sentido a– ese gran cambio
social que ellos mismos habían iniciado al abandonar su terruño europeo para
afincarse en un barrio americano. Los hijos de esos inmigrantes encontraban un
sentido en ir a la biblioteca, en conocer escritores e ideas, en pasearse, tan
campantes, por la cultura. Se la estaban apropiando. Leer era ocupar un
espacio.”
Leer
entonces era ocuparse.
El
avance crudo del neoliberalismo en los años ‘90 dejó de lado esta idea de que
leer era algo. Las películas americanas plagadas de perdedores lectores llenos
de granos que eran golpeados por sus compañeros, no era la mejor forma de
promoción de lectura.
El que
lee pierde.
Leer es
una forma de perder el tiempo.
Dejate
de leer y ponete a hacer algo.
Deja
ese libro y anda a tomar algo de sol.
Y otras
frases que los lectores debemos haber escuchado cientos de veces.
Recuerdo
una vez en especial. No recuerdo bien que leía, sé que era verano, que afuera
se escuchaban las bandas de pibes gritando y corriendo y yo estaba absorbida
por un libro. Mi mamá y mi papá, ellos también muy lectores decidieron que ya
estaba bueno y que debía salir a disfrutar el verano. Me quedé mucho tiempo en
la puerta de casa llorando hasta que me dejaron entrar a terminar mi libro.
La vida
estaba pasando ahí en ese encuentro lectora-libro y no afuera con un montón de
chicos gritones que se manguereaban.
Entonces
leer si puede tener una materia mágica.
Y otra
vez pienso, ¿por qué queremos que lean? porque creo que de eso se tratan estos
encuentros de poner en tensión nuestras ideas acerca de la lectura, la
mediación, los libros. Porque sí, es cierto, hay libros que pueden cambiar
vidas. Y que cuando vemos a los pibes mirando televisión o jugando jueguitos,
contenido pre masticado que consumen los niños y niñas todos los días nos parece
que están perdiendo la posibilidad de que esa vida sea cambiada. Y digo esto y
me parece una locura. Porque los miles de libros de Gaturro o los Gravity
Falls o la serie de Zapatillas rojas o cientos de libros que no
valen árboles que talan para fabricarlos, ¿no es lo mismo que el material
envasado que hace Disney Chanel contra el que despotricamos todo el tiempo? ¿No
es lo mismo entonces ese jueguito en el que matan doscientas setenta y ocho
personas en un minuto que ese cuento de Gaturro que no hizo Nik sino que
mandó a escribir a un ghostwriter que le pagaron dos pesos y que le hace uno
por mes?
¿Entonces
queremos que lean?
Sí.
Pero
queremos que lean buenos libros.
Buenos
libros.
Buenos
libros según quién.
¿Según
mi escala?
¿Buenos
libros escritos, ilustrados o editados?
¿Buenos
libros que no dañan?
Libros
inolvidables pienso.
Pero
hay libros “malos” que quedaron en mi cabeza.
Libros
que mejor no releer nunca.
Platero
y yo por
ejemplo.
O Cuentos
para leer sin rímel.
¿Y
entonces?
Y, por
otro lado, para leer buenos libros necesitás recursos.
Recursos
económicos para poder acceder a estos buenos libros.
Recursos
sociales que te permitan ir hasta una biblioteca para poder leer.
Y
recursos de lectura.
Estos
últimos recursos se obtienen leyendo.
Entonces
debemos darle recursos para que los chicos y chicas quieran leer leyendo.
Y
quieran seguir leyendo aun en contra de lo que indica el propio trabajo de
promoción que estamos haciendo.,
Leer es
un acto complejo, “leer no es una improvisación”, dice Eliana Yunes en su libro
Tejiendo al lector:
“El acto de leer no corresponde
únicamente al entendimiento del mundo del texto, sea este escrito o no. La
lectura exige movilizar el conocimiento del otro —el lector—para actualizar el
del texto y hacer sentido en la vida, que es el lugar donde ese lector
realmente está. Aprender a leer es familiarizar-se con diferentes textos
conocidos en diferentes esferas sociales —periodística, artística, judicial,
científica, didáctico-pedagógica, cotidiana, mediática, literaria,
publicitaria, entre otras — para desarrollar una actitud crítica, es decir de
discernimiento, que lleve a la persona a percibir las voces presentes en los
textos y percibir-se capaz de tomar la palabra frente a ellos.”
Eliana
nos invita a pensar la lectura como una forma de pensar y pensar-se, pero
principalmente invita a actualizar ese texto y hacerlo carne en la vida.
Establecer una actitud crítica, reflexiva frente al propio acto de leer.
Entonces
a través del acto de leer los chicos y chicas pueden conectarse con la
reflexión. Ese es un gran motivo para que lean. Un gran motor para que pongamos
manos a la obra en la tarea de convidar a la lectura.
Y otra
vez aparece un pero.
Porque
en la mayoría de las iniciativas fracasamos.
Y los
pibes se niegan a leer eso que con tantas ganas hemos elegido para que lean en
el aula. ¿Qué pasó?
Algo se
rompió en ese traslado.
Creo
que la clave está en el divorcio de las colecciones de las editoriales para la
escuela y lo que los chicos y chicas leen en su “vida no escolar”.
En la
literatura para la escuela no hay groserías, nunca un protagonista dirá “qué
boludo”. O “eso es una mierda”. De hecho, los maestros y maestras en general
rechazan los libros que contienen malas palabras. ¿Y los de fuera de la escuela?
Los de fuera de la escuela si lo dicen. ¿Y entonces?
Y
puedes ver las caras de felicidad cuando lo leen.
Les voy
a leer uno:
Puta y
reputa cantan las pulguitas y pueden ver a los pibes y pibas abriendo grandes
los ojos primero y luego estallar en carcajadas.
Estoy
segura de que luego de esa lectura vendrán preguntas y entusiasmo y luego
miradas cómplices.
Y me
pregunto si pueden existir esas lecturas en la escuela. Si las distintas
tensiones (de lo políticamente correcto, del correcto castellano, de los
insultos misóginos, de…) no nos dejarán sin cuentos, ni historias, ni tramas ni
chistes.
Hoy leí
un artículo en el diario el País dónde un grupo de mujeres retiró libros de una
biblioteca por considerarlos tóxicos:
“En
la primera infancia los niños son esponjas y absorben todo lo que hay a su
alrededor, así que pueden naturalizar los patrones sexistas. En cambio, en
primaria los estudiantes ya tienen más capacidad crítica y los libros pueden
ser una oportunidad para aprender, para que ellos mismos se den cuenta de los
elementos sexistas”.
Los
niños son esponjas.
Niños
sin pensamiento crítico.
Es así,
¿eso pensamos de la infancia?
Libros
tóxicos.
Sabrán
estas personas qué papel cumplieron estos cuentos en el pasado. Perrault
advertía a los adolescentes, especialmente a las jovencitas que tenían que
desconfiar de los lobos empalagosos.
En el
siglo XVII.
Es un
cuento tremendamente progresista.
Pero
vuelvo al hilo conductor al divorcio entre los libros de la escuela y los
libros que los chicos compran espontáneamente en las librerías o piden en
préstamo en la biblioteca. Queremos que los chicos lean, suponemos que los
chicos y chicas no lo hacen y en el fondo desde nuestro adultocentrismo
desconocemos lo que está ocurriendo.
Las
pruebas son concretas. Nunca antes había existido tanta oferta de libros. Y
gracias al avance del capitalismo sabemos que el mercado crece no siempre de
manera reflexiva, pero si siempre de acuerdo con la demanda.
Y eso
quiere decir que los niños, niñas y jóvenes demandan libros hasta hacer crecer
como nunca la Industria editorial.
Entonces
lo que decimos es nunca existieron tantos libros, tantas editoriales, tanta oferta,
pero los chicos no leen.
No leen
qué.
Y por
otro lado en este crecimiento están diversos actores que organizan esta
demanda. Los editores, los maestros, las asociaciones de padres, las
bibliotecas públicas.
Y se
supone que el gran comprador es el Estado y el segundo gran comprador es la
escuela y entre ambos crean el mercado editorial de libros para niños y
jóvenes.
Y qué
pasa si les digo que por lo menos en Argentina esto no es así.
Según
Promage (consultora editorial Argentina que realiza informes en cada FIL de
Buenos Aires) en su informe presentado hace dos años señaló que el mayor
porcentaje de ventas del segmento se produce en demanda espontánea.
Una
venta mayor aún que la venta total de libros de prescripción escolar.
Es
decir que los pibes y pibas compran en librerías más libros que los que compran
las escuelas.
Entonces
los chicos y chicas si leen.
Leen
cantidades de libros de trade (demanda espontánea de librerías, muchos
de ellos best seller), entonces si leen.
Y
volvemos: Qué queremos decir con “Queremos que los chicos lean”.
Que los
chicos no leen o que los chicos no leen libros de calidad.
O qué
no leen lo que queremos que lean.
Y
cuáles serían los libros de calidad.
¿Los de
prescripción escolar?
Esos
que sabemos que están hechos especialmente para la escuela sin groserías, sin
tramas complejas, sin personajes conflictuados, la mayoría de ellos escritos a
pedido según la demanda editorial. ¿Esos serían los libros de calidad?
¿Libros
que los autores sacan en cantidad para las ferias del libro?
¿Esos
serían los libros de calidad?
¿No hay
libros de trade buenos?
Hace
unos años que yo vengo leyendo best seller.
Una
serie de catastróficas desdichas.
Artemius
Fowl.
Y obviamente
Harry Potter, una obra maestra que mantiene la tensión narrativa, la trama y
los personajes por siete libros. Miles de páginas.
Y son
grandes libros, que no recomendamos porque están en colecciones malas.
Estamos
en un problema.
Las
tensiones del campo están a punto de estallar.
Cada
uno de los actores tiene su teoría y paralelamente los pibes están en otra.
Pero
vuelvo.
Entonces
los libros de trade son malos porque son best seller y los de
prescripción son tan políticamente correctos que nos dan ganas de sacarnos los
ojos. ¿Qué es lo que queremos que lean?
Graciela
Montes dice, “sin embargo se podría argumentar que este afán empresarial de
querer vender más y más libros está llamado a actuar en favor de la
democratización de la lectura. Como consecuencia, los libros estarían cada vez
más baratos y más al alcance de la mano (por ejemplo, en la góndola de un
supermercado).
Y es
verdad. El afán de venta actúa en favor de la democratización del libro. Pero
no parece estar actuando en favor de la resignificación de la lectura (a pesar
de que hoy el discurso en torno de la lectura – y lo que se ha dado en llamar
“animación de la lectura”– haya quedado, más que en buena medida, en manos de
los departamentos de promoción que dependen directamente de los intereses
vinculados con el libro). Y no contribuye a esa significación y
resignificación, porque los mecanismos diseñados para hacer crecer las ventas–
la segmentación y el culto a las novedades– suponen también la homogenización
en los contenidos, estrictos encarrilamiento del consumo, y una complacencia,
una falta de aristas que, me parece a mí, termina vaciando de significación la
lectura.”
¿Y
entonces?
Sé que
palabras como hábito, comprensión, placer asociado con lectura son contrarias a
mi idea. Leer no es un hábito como lavarse los dientes o hacer ejercicios, no
se aprende leyendo todos los días 20 minutos por las mañanas, no se ejercita el
músculo lector. La comprensión lectora no es un elemento separado de la
lectura, que podemos extraer para lograr que se lea y se comprenda. Y el placer
de leer solo puede estar pensado por una pequeña burguesía que lee por el
disfrute, tranquila en un momento de ocio y no por la necesidad imperiosa de
cambiar la realidad.
Y
entonces democratizamos la lectura.
La
democratizamos, la ponemos a disposición de todos los lectores.
Alfabetizamos,
ponemos en marcha planes de lectura.
Y a la
vez producimos materiales como chorizos. De cualquier tipo, los gaturros y
programas de televisión de moda y ahora las decenas de libros feministas que
enseñan a ser otro tipo de buenes niñes.
Entonces
queremos que lean porque: Leer es un desafío, un placer una experiencia, una
actividad solitaria, una práctica cultural, un derecho humano y social, una
construcción social a la que cada época le da distintos sentidos tomando ideas
de Isaza y Sánchez, de Silvia Castrillón, de Emilia Ferreiro.
Pensado
así que garrón también para los pobres pibes y pibas que tienen que leer para
ocupar tantos casilleros.
Y eso
sin pensar que en la realidad leer casi nunca es un placer, que leer es
dificultoso, que produce desasosiego, nos hace abandonar lo desconocido, nos
hace preguntarnos acerca de cuestiones que de otra manera no hubiésemos hecho.
Y en un mundo donde lo que en general buscamos es el escape y en ese sentido
leer no sirve, porque te trae, te ubica, te interpela, te obliga a participar.
“Tres
condiciones para no leer por leer, para hacerlo como un aventurero, no sólo
como un lector capaz de interpretar, sino sobre todo como un lector capaz de
permitir que el texto lo afecte en su ser mismo, su ser íntimo, y lo lleve por
nuevos caminos de conocimiento hasta dar con aquello que lucha por hacerse
visible a riesgo de transformarnos.” Dice María Teresa Andruetto.
Ahora no Bernardo. De
David Mckee, editado por Alfaguara en Colombia en la colección Nidos para la
lectura.
Leer causa desasosiego.
Leer causa desasosiego.
Nos
mueve, nos saca del eje. Nos muestra, nos interpela.
Les leo
para ejemplificar:
Historia de un pulóver azul. De
Florencia Gattari, editado por Edelvives en Argentina.
Los días raros, de María
Fernanda Heredia ilustrado por Roger Ycaza, editado por Fondo de Cultura Económica.
Michel
Petit en su texto Para qué sirve leer dice: “en el comienzo de la
primaria, importaría el hecho de que los padres lean en voz alta: los niños a
que nuestros padres leen varias veces por semana obtuvieron resultados
superiores a los de aquellos cuyos padres no les leen nunca o rara vez. En la
escuela secundaria, Cuanto más disfruta la lectura los adolescentes – en papel
o en línea–, mejores en la comprensión escrita. [...] “la relación con la
cultura escrita es un objetivo esencial del éxito escolar, es Inclusive la
llave de todo”.
Para
todo.
Si la
cultura escrita entonces es una llave para todo entonces la lucha es porque los
chicos lean y escriban para que tengan una llave.
Es una
llave lo que estamos discutiendo.
No,
creo que en general estamos discutiendo otras cosas.
El
cánon.
La
calidad.
La
forma.
Y no
estamos discutiendo lo fundamental que es que queremos que lean porque es una
llave.
Un
derecho.
Un mapa
que les permite mirar el mundo.
Que les
permitirá si hacemos todo bien que puedan decodificar las cosas, las personas,
las situaciones. Que puedan saber cuando este o ese político está en campaña y
cuando está hablando sinceramente, que les permita saber que cosas son reales y
cuáles son mentiras y en este contexto cuáles son fake news y cuáles
noticias reales.
Cuáles
son estudios científicos acerca del uso de vacunas o si la tierra es o no
plana. Y cuáles son cuatro pibes en una casa haciendo creepi pastas.
Clara
Hirschman en su libro Gente y cuentos habla de la lectura como el camino
de concientización de los seres humanos “La gente profundiza en la
comprensión de su condición e intenta mejorar su control sobre esta”. Andruetto en su texto Leer derecho de todos
dice: “la lectura entonces como camino de conciencia que nos abre hacia
nosotros y hacia los otros. Escribir, leer, escuchar relatos da forma lo que
somos, nuestras verdades, se construyen con las estrategias narrativas de la
ficción, de modo que transitar por ficciones nos ayuda a construir nuestras
verdades y a organizar y cohesionar nuestros recuerdos.
La
lectura y su acceso entonces ponen a disposición de todos esa llave.”
¿De
todos?
Quién
es ese universo del todo.
En
estos días en Lima me he sentido como en mi país.
Eso no
siempre significa que está bueno.
La
diferencia social entre unos y otros, la brecha entre ricos y pobres, las
notables diferencias entre las clases sociales son por decirlo de alguna manera
interesantes.
Camina
Perú a la democratización de la lectura.
¿Están
las políticas públicas pensando en esto como prioridad?
Entendiendo
que la lectura es una llave, es un puente que permite eliminar brechas están
trabajando en eso.
No sé,
llevo solo cuatro días acá. Ustedes me dirán. Pero quiero ser enfática con
esto. Mientras existan comunidades analfabetas en el castellano que es la
lengua en la que se comunican los gobernantes. Mientras existan niños o niñas
que no pueden decodificar un texto o adultos que no puedan leer un contrato, no
solo estamos ante una injusticia. Estamos frente a una decisión consciente de
retirar una llave para que todos puedan acceder al conocimiento.
La
conferencia que debería estar dando es sobre competencia, disponibilidad, retos
y desafíos en la mediación.
Pero no
puedo hablar de mediación de retos o desafíos sin dilucidar por qué estamos
acá. Qué moviliza a CEDILI para tirarse de los pelos trayendo personas de toda
Latinoamérica teniendo organizar actividades, llevar agendas, coordinar
logísticas para hacer un Festival de Libros para niños, niñas y jóvenes.
Qué es
lo que hace que ustedes estén acá escuchándome para tratar de pensar en
conjunto que los niños, niñas y jóvenes que lean más.
Ese leit
motiv que moviliza cientos de personas en todo el mundo es creo lo que
debemos pensar antes de seguir adelante.
Nuestro
reto, creo fuertemente, no es que los chicos, chicas y jóvenes lean.
Nuestro
reto es avanzar en reducir las brechas existentes, en preparar a los pibes en
estrategias que les permitan traducir el mundo para que los embates sean menos
peligrosos.
En
prepararlos para comprender las sutilezas. Y en ese sentido que estén expuestos
a todas las formas de arte. Porque, en definitiva, queremos que lean para que
se emocionen con algo tan delicado como una palabra, con una idea, con un
movimiento.
Vivimos
en un mundo donde lo sutil, lo tierno, lo delicado se pierde.
Y de
pronto llega un texto, una foto, una música y nos devuelve a eso humano bello y
sutil que nos hace sentir otra vez en contacto con lo humano. Y no digo humano
en el sentido de lejano a lo animal, hay animales miles de veces más sutiles y
artísticos que nosotros los seres humanos.
Y voy a
tratar de volver desde este punto tan distante al tema de la lectura.
La idea
de la llave que le he estado robando a Petit.
La
literatura nos moviliza en lugares insospechables.
Cómo es posible. De
Peter Schössow, editado por Loguéz.
Cada
vez que leo este libro una amiga llora. El libro este no es el más triste, ni
el más emocionante. Pero ella recuerda exactamente qué es lo que ella sintió
cuando murió su padre.
Y
siempre que la veo pienso.
Sí para
eso quiero que lean.
Dice
María Teresa Andruetto: “ escribimos y leemos para aprender a mirar en
profundidad Y si aprendemos descubrimos que aún lo más común habita lo
extraordinario y es lo más correcto anidan incorrecciones e incomodidad. de
aprendemos, porque la lectura y la escritura son caminos a contracorriente de
los propios preconceptos y prejuicios con respecto a las personas y a la idea
de que el otro necesita menos O sabe menos o sufre menos O tiene menos derechos
que nosotros. Contra esa corriente va el camino y el libro nos abre, provocando
el deseo y la posibilidad de mirar desde otro ángulo, porque tal vez ese otro
ángulo las cosas no son tan, así como pensábamos.”
Y
entonces para eso también quiero que lean.
Y
mientras sigo buscando definiciones que me queden, que se me adapten a lo que
pienso, entiendo por qué yo quiero, no otros, no el gobierno, no los planes de
lectura, por qué YO quiero que lean.
Quiero
que lean porque a mi leer me ayudó a comprender, a encontrar respuestas, a
pensar, a buscar, a disentir, porque en muchos momentos de extrema soledad me
acompañó y me dio fuerzas. Porque en momentos de dolor infinito una frase en un
libro me dio fuerzas para seguir. Porque en mi vida la lectura, los libros, me
hicieron ser quien soy. Y quizás eso es lo único que deba decir al buscar una
definición de lectura. Una definición subjetiva. personal, individual que puedo
poner a discusión con otros en el encuentro, en lo colectivo. Cuando se cruzan
con otras historias, con otros recorridos, con otras miradas.
Y sí,
yo quiero que lean.
Gracias.
Bibliografía
por orden de aparición.
Montes,
Graciela. “El espacio social de la lectura”, en Literatura Infantil. Creación, censura y resistencia. Colección la
Llave, Sudamericana, Argentina, 2003.
Yunes
Eliana. Tejiendo al lector. Una red de hilos cruzados. Ríos de tinta, México,
2008.
Andruetto,
María Teresa. “Elogio de a dificultad: formar un lector de literatura”. Leer
otra revolución. Fondo de Cultura Económica, México. 2014.
Petit,
Michèle. “¿Para qué sirve leer?”, en Leer el mundo. Fondo de Cultura
Económica, Buenos Aires. 2015.






Un gran artículo, que todos debemos leer
ResponderEliminarleer si es la llave, una llave maestra y por eso existe el interés de cambiarnos la cerradura por una digital con una sola clave de fábrica.
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