Madres de papel. Celebrando el día de las madres.
Madres de papel
Quiero empezar este ¿ensayo? Hablando de las madres en la LIJ, pensando preguntas y listando obras qe me parecen importantes de resaltar.
¿Cuál es el lugar de la madre en la literatura para las infancias y las juventudes?
¿Existe un tipo de madre en la LIJ?
¿Las madres de la literatura responden a presiones sociales y arquetipos?
Si nos ponemos a hacer un listado de madres en la LIJ encontramos un poco de todo. De eso quiero escribir para celebrarNOS.
La madre de los primeros libros
El libro Siempre te querré, pequeñín, de Debi Gliori, publicado en castellano por Tímun Mas, trata de Pequeñín que se despierta enojado y le pregunta a Grande si lo querría igual si fuera un oso gruñón, un bicho aplastable o un cocodrilo. Grande le contesta que sí, siempre, pase lo que pase. Y cuando Pequeñín pregunta qué pasa cuando uno se muere, Grande le muestra las estrellas: aunque algunas ya no existan, su luz todavía nos llega. Así es el amor de las madres en los libros para los más chiquitos: incondicional, sin fisuras, capaz de durar incluso más allá de todo.
La mamá y el bebé salvaje, de Barbro Lindgren con ilustraciones de Eva Eriksson, publicado en castellano por Niño editores, va por otro lado. El bebé se trepa, se escapa, se mete en problemas, rompe todo, y la mamá va detrás: lo rescata, lo reta y lo vuelve a querer. Es una madre con una paciencia infinita y con humor. Pero, sobre todo, es una madre que deja que el bebé sea salvaje.


Estos libros no matan a la madre para que empiece la aventura, como en el camino del héroe. La matan porque las madres a veces se mueren, también cuando los hijos son chiquitos.
La madre que se vuelve una persona
En Madrechillona, de Jutta Bauer, publicado en castellano por Lóguez, la madre pingüino grita tan fuerte que el hijo sale volando en pedazos: la cabeza por un lado, las alas por otro, las patas corriendo solas por el desierto. Después ella junta las partes, las cose y le pide perdón. Pocas veces se dijo algo tan verdadero en tan pocas páginas.
Y antes que todas ellas estuvo Christine Nöstlinger, que se pasó la vida escribiendo contra la familia de manual. Su madre más famosa ni siquiera lo es de nacimiento: en Konrad o el niño que salió de una lata de conservas, publicado hasta hace poco en castellano por Loqueleo, la señora Bartolotti es una mujer desordenada que teje alfombras, se pinta demasiado, se viste como un loro y come pan a cualquier hora. Un día le llega por correo, por error, un hijo fabricado en serie: un chico perfecto, obediente, educadísimo. Y ella, que no tiene idea de cómo ser madre, termina siéndolo mejor que nadie. Cuando la fábrica quiere recuperar al niño, la única salida es enseñarle a portarse mal para que no lo reconozcan. Nöstlinger lo dice sin vueltas: un chico perfecto no necesita una madre, y una madre perfecta no le sirve a ningún chico.

Son madres que gritan, que se despeinan, que se cansan, que envejecen. Y los chicos las reconocen enseguida, porque se parecen a las que tienen en casa. La madre perfecta nunca convenció a ningún lector.
La madre que falta
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| Arthur Rakahm para Peter pan |
La explicación clásica es que la aventura necesita que la madre se corra. Mientras ella esté, nadie sale al bosque.
En la saga de Harry Potter, de J. K. Rowling, publicada en castellano por Salamandra, Harry es el huérfano clásico: la madre muere en la primera página y el chico crece en una casa donde nadie lo quiere. Pero Rowling hace algo más. Lily no está, y sin embargo es lo que lo salva: su amor le dejó una protección en la piel que Voldemort no puede tocar. Es la madre ausente convertida en escudo, una presencia que solo se nota por sus efectos. Harry la puede ver por primera vez en un espejo que muestra lo que uno más desea.
Y enfrente está Molly Weasley, que es exactamente lo contrario: una madre que está de más. Tiene siete hijos, grita, manda cartas que explotan en el comedor del colegio, cocina para un regimiento y teje suéteres con la inicial de cada uno. En la primera Navidad, Harry, que nunca recibió un regalo de verdad, encuentra al pie de la cama un suéter tejido por ella. Ahí empieza a tener una madre. Y cuando alguien amenaza a su hija, esa señora gritona y doméstica se planta frente a la bruja más peligrosa de la saga y la derrota. Entre las dos está todo lo que una madre puede ser: la que protege sin estar y la que protege estando, a los gritos, con olor a comida y con las agujas de tejer siempre a mano.
Otros libros hablan también de la ausencia, pero desde otro lugar. En los cuentos tradicionales, la muerte de la madre es casi un tópico, y funciona como lo que Propp llamaba el alejamiento: la primera función del relato, el movimiento que saca al héroe de la casa para que la historia pueda empezar. Cumplida esa tarea, se olvida. En estos libros, en cambio, la ausencia deja de ser función y se vuelve tema: ya no es lo que pone en marcha la historia sino aquello de lo que la historia trata.
El libro Mi papá es un hombre pájaro, de David Almond, publicado por Norma, la madre murió y el que se desarma es el padre: Lizzie termina cuidándolo mientras él se fabrica unas alas. En Un monstruo viene a verme, de Patrick Ness, publicado en castellano por Nube de Tinta, la madre se está muriendo y el chico no encuentra cómo decirlo. En Gracias a Winn-Dixie, de Kate DiCamillo, publicado en castellano por Noguer, la madre de Opal se fue cuando ella tenía tres años, y la nena la arma de a pedacitos con lo poco que el padre le cuenta. En La niña, el corazón y la casa, de María Teresa Andruetto, editado por Sudamericana, la madre también se fue, y la casa entera se organiza alrededor de ese hueco.
Madres en tiempos de desaparición
En Matilde, también escrito por mí y editado por Norma, la madre falta de otra manera. No murió ni abandonó: no está porque anda buscando al padre, que es un detenido desaparecido. La niña queda en el medio de estas dos ausencias, y esa madre que quiere cuidar no puede porque su rol ahora es otro: salir a buscar. Esa figura la conocemos bien en todo el continente: la mujer que deja la casa para preguntar en cada oficina, en cada comisaría, en cada plaza dónde está el que se llevaron.


En el borde
En el borde de esta lista están Una serie de catastróficas desdichas, de Lemony Snicket, publicada en castellano por Montena, (ahora agotado y fuera de circulación). Esta saga toma el tema de la orfandad de los cuentos y la lleva hasta el sumún del chiste negro, y hermanada a ella está El globo, de Isol, editado por Fondo de Cultura Económica, donde Camila desea que su madre gritona se convierta en globo, su deseo se cumple. Un globo rojo no grita. Pero tampoco abraza.
La madre fuera de cuadro
En Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak, publicado en castellano por Kalandraka, casi no vemos a esa madre. Sabemos que lo mandó a la cama sin cenar, y sabemos que cuando Max vuelve de su viaje la cena lo está esperando, todavía caliente. Es una madre que no aparece en ninguna ilustración y que sostiene todo el libro. En el otro extremo está ¡Ahora no, Bernardo!, de David McKee, publicado por Loqueleo (solamente para Colombia). En este libro álbum los padres sí aparecen, en casi todas las páginas, pero no levantan la vista. Bernardo intenta desesperadamente llamar su atención explicando que en el jardín hay un monstruo. No lo logra. El monstruo se come a Bernardo, ocupa su lugar, y nadie se da cuenta. Es la madre que está en el cuadro y no está en la escena.
¿Qué ocurre con ambas madres y por qué la metáfora de los monstruos?
¿Qué hay más allá de su vista, en ese lado salvaje de la infancia que necesita espacio pero también mirada y atención?
La madre que mejor que falte
Un dato que me gusta contar es que en la primera edición de los cuentos de los hermanos Grimm, en 1812, la que abandona a los hermanitos Hansel y Gretel en el bosque y la que quiere matar a la hermosa Blancanieves ¡Eran las madres! sus madres sanguíneas, no las madrastras. En las versiones posteriores, la madre buena muere y la maldad pasa a la madrastra, como si así se salvara la figura de la madre universal, la madre arquetípica. La cultura de ese momento (y la de ahora creo que también) no aguantaba una madre mala, así que la partió en dos: la buena se murió y la mala pasó a ser de otra familia.Del lado de acá del charco, Francisco Hinojosa escribió La peor señora del mundo, editado por Fondo de Cultura Económica: una madre que castiga a sus hijos cuando se portan mal y también cuando se portan bien, por las dudas. Es tan mala que todo el pueblo se aleja cuando la ve venir, hasta que los hijos y los vecinos se ponen de acuerdo para frenarla. Es la madrastra de los Grimm pero sin velo: la madre mala dicha con todas las letras, y contada con un humor que la vuelve soportable. Los chicos se ríen con ella justamente porque es imposible. Y quizás también porque, en algún día malo, la reconocen un poquito.Volver a las preguntas
¿Cuál es el lugar de la madre en la literatura para las infancias y las juventudes? Después de este recorrido, me parece que su lugar se mueve con el lector. En los primeros libros está en el centro: es el abrazo, la promesa, la cena caliente. A medida que los chicos crecen, la literatura también la va corriendo, porque para crecer hace falta salir de la casa, y casi siempre la sacan de escena para que el chico pueda irse al bosque. Y en los mejores libros vuelve, pero distinta: ya no como lugar sino como persona.
¿Existe un tipo de madre en la LIJ? Durante mucho tiempo hubo dos: la santa y la madrastra. La que muere buena en la primera página y la que se queda mala hasta el final. Lo que muestran estos libros es que esa pareja se rompió. Hay madres enteras y madres cansadas, madres que gritan y piden perdón, madres que se van a buscarse a sí mismas, madres que salen a buscar a los que se llevaron, madres que callan para salvar, madres que aman tanto que asustan. No hay un tipo, hay muchas.
¿Las madres de la literatura responden a presiones sociales y arquetipos? Sí, y los Grimm son la prueba más clara: corrigieron sus propios cuentos porque su época no toleraba una madre que abandonara a sus hijos. Pero las presiones de hoy también escriben madres. La madre de Camino a casa trabaja porque la historia de nuestro continente la dejó sola. La de Cinco minutos de paz quiere estar sola porque alguien empezó a decir en voz alta que eso también es parte de criar. Y quizás libros como Siempre te querré o Mi pequeño, que parecen escritos más para las madres que para los hijos, responden a otra presión: la de un mundo adulto que necesita que alguien le cuente su propia maternidad.
Lo que los Grimm no se animaron a escribir, el libro para niños y niñas de hoy lo escribe sin drama: una madre puede gritar y pedir perdón, puede querer cinco minutos sola, puede amanecer con púas, puede irse a buscar a alguien y dejar a su hija esperando. No necesita ser santa ni monstruo para entrar en la historia.
Por eso quería escribir este texto, para celebrarNOS. Porque estos libros les dicen a los chicos, y también a nosotras, que las madres son personas. Que a veces faltan, a veces se cansan, a veces se equivocan y a veces vuelven y te avisan que la cena te está esperando calentita.



























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