Madres de papel. Celebrando el día de las madres.

Madres de papel

Quiero empezar este ¿ensayo? Hablando de las madres en la LIJ, pensando preguntas y listando obras qe me parecen importantes de resaltar.
¿Cuál es el lugar de la madre en la literatura para las infancias y las juventudes?
¿Existe un tipo de madre en la LIJ?
¿Las madres de la literatura responden a presiones sociales y arquetipos?
Si nos ponemos a hacer un listado de madres en la LIJ encontramos un poco de todo. De eso quiero escribir para celebrarNOS.

La madre de los primeros libros


El libro Siempre te querré, pequeñín, de Debi Gliori, publicado en castellano por Tímun Mas, trata de Pequeñín que se despierta enojado y le pregunta a Grande si lo querría igual si fuera un oso gruñón, un bicho aplastable o un cocodrilo. Grande le contesta que sí, siempre, pase lo que pase. Y cuando Pequeñín pregunta qué pasa cuando uno se muere, Grande le muestra las estrellas: aunque algunas ya no existan, su luz todavía nos llega. Así es el amor de las madres en los libros para los más chiquitos: incondicional, sin fisuras, capaz de durar incluso más allá de todo.


La mamá y el bebé salvaje, de Barbro Lindgren con ilustraciones de Eva Eriksson, publicado en castellano por Niño editores, va por otro lado. El bebé se trepa, se escapa, se mete en problemas, rompe todo, y la mamá va detrás: lo rescata, lo reta y lo vuelve a querer. Es una madre con una paciencia infinita y con humor. Pero, sobre todo, es una madre que deja que el bebé sea salvaje.

Cinco minutos de paz, de Jill Murphy, publicado en castellano por Kalandraka, es para mí uno de los libros más honestos sobre la maternidad. Una mamá elefante solo quiere darse un baño tranquila con su desayuno, sin nadie alrededor. Pero los chicos la siguen uno por uno: uno quiere tocarle una pieza con la flauta, otro leerle un cuento, el más chiquito le tira todos los juguetes en la bañera. Al final terminan todos en el agua con ella, y la madre se escapa a la cocina a robar unos pocos minutos de silencio antes de que la encuentren otra vez. Es una madre que quiere a sus hijos y que, a la vez, quiere estar sola y tener por fin cinco minutos de paz.

Olivia, de Ian Falconer, publicado en castellano por Fondo de Cultura Económica, cuenta el día de una cerdita que no para nunca: canta, baila, se prueba toda la ropa, pinta las paredes y se niega a dormir la siesta. Al final del día, la madre negocia cuántos cuentos le va a leer antes de dormir, y cuando por fin la arropa le dice algo que pocas madres de libro se animan a decir: que la deja agotada, pero que igual la quiere. Ahí está todo. El cansancio y el amor no se contradicen; vienen juntos.

En ¡No dejes que la paloma se acueste tarde!, de Mo Willems, publicado en castellano por Andana editorial, la madre directamente no aparece, y es una genialidad. El conductor del autobús le pide al lector que se ocupe de que la paloma se vaya a dormir, y la paloma despliega todo el repertorio que cualquier madre conoce de memoria: que no tiene sueño, que cinco minutos más, que un vasito de agua, que mañana es sábado. El lector pasa a estar del otro lado y tiene que decir que no. Por un rato, el lugar de la madre lo ocupa él. Me pregunto si se darán cuenta, al hacerlo, de lo cansador que es.

Hay libros para niños y niñas que se animan a hablar de la muerte de la madre. En No es fácil, pequeña ardilla, de Elisa Ramón con ilustraciones de Rosa Osuna, publicado en castellano por Kalandraka, la mamá de la ardilla se muere. Y la pequeña no está triste de una manera prolija: se enoja, no quiere comer, no quiere hablar, se esconde. Con la ayuda de su papá y de un amigo, de a poco encuentra la forma de seguir queriéndola aunque no esté. Por su parte el libro La promesa de mamá, de Rodol Pizano, publicado en castellano por Océano Travesía, un zorrito vive en el campo con su papá. Antes de morir, la madre les prometió que siempre los iba a cuidar, y el zorrito la encuentra en todo lo que lo rodea: en el fuego de la cocina, en el estambre que ella dejó en la casa, en el bosque y, sobre todo, en las estrellas. Son las mismas estrellas que Grande le mostraba a Pequeñín: la luz que sigue llegando aunque la estrella ya no esté.

Estos libros no matan a la madre para que empiece la aventura, como en el camino del héroe. La matan porque las madres a veces se mueren, también cuando los hijos son chiquitos.

La madre que se vuelve una persona

En Madrechillona, de Jutta Bauer, publicado en castellano por Lóguez, la madre pingüino grita tan fuerte que el hijo sale volando en pedazos: la cabeza por un lado, las alas por otro, las patas corriendo solas por el desierto. Después ella junta las partes, las cose y le pide perdón. Pocas veces se dijo algo tan verdadero en tan pocas páginas.


El libro de Isol, Secreto de familia, editado por Fondo de Cultura Económica, habla de una nena descubre que su madre amanece convertida en puercoespín, pero que al mirarse en el espejo es igual que ella. 
Y en El libro de los cerdos, de Anthony Browne, también del Fondo de Cultura Económica, la madre se harta de servir a un marido y dos hijos que no la ven, deja una nota y se va. Recién cuando falta, los tres cerdos se dan cuenta de que existía.

Y antes que todas ellas estuvo Christine Nöstlinger, que se pasó la vida escribiendo contra la familia de manual. Su madre más famosa ni siquiera lo es de nacimiento: en Konrad o el niño que salió de una lata de conservas, publicado hasta hace poco en castellano por Loqueleo, la señora Bartolotti es una mujer desordenada que teje alfombras, se pinta demasiado, se viste como un loro y come pan a cualquier hora. Un día le llega por correo, por error, un hijo fabricado en serie: un chico perfecto, obediente, educadísimo. Y ella, que no tiene idea de cómo ser madre, termina siéndolo mejor que nadie. Cuando la fábrica quiere recuperar al niño, la única salida es enseñarle a portarse mal para que no lo reconozcan. Nöstlinger lo dice sin vueltas: un chico perfecto no necesita una madre, y una madre perfecta no le sirve a ningún chico.

Ilus: Mar Villar

Ilus: Frantz Wittkamp











Siempre te querré, de Robert Munsch, publicado en castellano por Andana editorial, parece a primera vista un libro de amor incondicional, pero es otra cosa. La madre le canta a su hijo cada noche, cuando es bebé, cuando es un nene insoportable y cuando es un adolescente que pone música fuerte. Y le sigue cantando cuando ya es un hombre: cruza la ciudad con una escalera y entra por la ventana para mecerlo dormido. Hay quien llora con ese libro y hay quien se asusta un poco con la escalera. Las dos lecturas dicen algo: esa madre no sabe soltar. Al final, cuando ella está vieja y enferma, es el hijo el que la acuna y le canta la misma canción. La madre envejece, se vuelve frágil, necesita que la cuiden. Pocas veces un libro ilustrado se anima a mostrar eso. 



Hay otro libro con una estructura similar, publicado por Limonero, que se llama Mi pequeño, de Germano Zullo y Albertine: la madre abraza a su hijo de tal manera que parece sofocarlo, el niño crece y la relación se invierte, la madre va haciéndose cada vez más pequeña. Ambos libros son hermosos. Pero no estoy del todo segura de que sean estrictamente para niños y niñas. Creo más bien que son para el mundo adulto.

Son madres que gritan, que se despeinan, que se cansan, que envejecen. Y los chicos las reconocen enseguida, porque se parecen a las que tienen en casa. La madre perfecta nunca convenció a ningún lector.



La madre que falta

Arthur Rakahm para Peter pan

Los cuentos tradicionales tienen una costumbre bastante cruel: matan a la madre en la primera línea y siguen de largo. Cenicienta, Blancanieves, Heidi, Ana de las Tejas Verdes. La madre de Bambi dura lo que dura un disparo. En Peter Pan, los niños perdidos no tienen madre y se inventan una: Wendy, que es casi una niña, termina zurciendo medias y contando cuentos en la casa bajo tierra.

La explicación clásica es que la aventura necesita que la madre se corra. Mientras ella esté, nadie sale al bosque.


En la saga de Harry Potter, de J. K. Rowling, publicada en castellano por Salamandra, Harry es el huérfano clásico: la madre muere en la primera página y el chico crece en una casa donde nadie lo quiere. Pero Rowling hace algo más. Lily no está, y sin embargo es lo que lo salva: su amor le dejó una protección en la piel que Voldemort no puede tocar. Es la madre ausente convertida en escudo, una presencia que solo se nota por sus efectos. Harry la puede ver por primera vez en un espejo que muestra lo que uno más desea.

Y enfrente está Molly Weasley, que es exactamente lo contrario: una madre que está de más. Tiene siete hijos, grita, manda cartas que explotan en el comedor del colegio, cocina para un regimiento y teje suéteres con la inicial de cada uno. En la primera Navidad, Harry, que nunca recibió un regalo de verdad, encuentra al pie de la cama un suéter tejido por ella. Ahí empieza a tener una madre. Y cuando alguien amenaza a su hija, esa señora gritona y doméstica se planta frente a la bruja más peligrosa de la saga y la derrota. Entre las dos está todo lo que una madre puede ser: la que protege sin estar y la que protege estando, a los gritos, con olor a comida y con las agujas de tejer siempre a mano.

Otros libros hablan también de la ausencia, pero desde otro lugar. En los cuentos tradicionales, la muerte de la madre es casi un tópico, y funciona como lo que Propp llamaba el alejamiento: la primera función del relato, el movimiento que saca al héroe de la casa para que la historia pueda empezar. Cumplida esa tarea, se olvida. En estos libros, en cambio, la ausencia deja de ser función y se vuelve tema: ya no es lo que pone en marcha la historia sino aquello de lo que la historia trata. 

El libro Mi papá es un hombre pájaro, de David Almond, publicado por Norma, la madre murió y el que se desarma es el padre: Lizzie termina cuidándolo mientras él se fabrica unas alas. En Un monstruo viene a verme, de Patrick Ness, publicado en castellano por Nube de Tinta, la madre se está muriendo y el chico no encuentra cómo decirlo. En Gracias a Winn-Dixie, de Kate DiCamillo, publicado en castellano por Noguer, la madre de Opal se fue cuando ella tenía tres años, y la nena la arma de a pedacitos con lo poco que el padre le cuenta. En La niña, el corazón y la casa, de María Teresa Andruetto, editado por Sudamericana, la madre también se fue, y la casa entera se organiza alrededor de ese hueco.

Y acá tengo que hablar de dos de mis escritoras favoritas, porque las dos escribieron madres que faltan de una manera que no se olvida. La novela La gran Gilly Hopkins, de Katherine Paterson, publicado hasta no hace mucho por Loqueleo, trata de una chica que esta en el "sistema", Gilly, que va de familia sustituta en familia sustituta convencida de que su madre verdadera, la hermosa Courtney, un día va a venir a buscarla. La tiene en una foto y en una idea. Y mientras tanto desprecia a Maime Trotter, la mujer gorda, buena y poco instruida que la recibe en su casa. Cuando Courtney por fin aparece, Gilly descubre que esa madre faltaba aunque estuviera: no viene a buscarla, viene obligada. La madre de verdad era la otra, la que le cocinaba todos los días. Trotter es pariente directa de la señora Bartolotti: ninguna de las dos parece una madre de libro, y las dos terminan siendo por mucho las más hermosas.

En Entre dos lunas, de Sharon Creech, publicado en castellano hace años por Sudamericana, Salamanca viaja con sus abuelos miles de kilómetros siguiendo el recorrido de su madre, que un día se fue de la casa a buscarse a sí misma y no volvió. A lo largo del camino, Sal le va contando a su abuela la historia de su amiga Phoebe, cuya madre también se va. Son dos madres que se fueron, y una de ellas vuelve. Lo que hace Creech es dejar que la hija entienda, de a poco y con dolor, que su madre era una persona antes de ser su madre. Que tenía tristezas propias, y que irse no fue dejar de quererla.

En Nunca Jamás, de mi autoría, editado por Norma, Fiorella dice en el primer párrafo que su madre ha muerto. Es el mismo lugar donde la ponían los Grimm, la primera línea, pero acá la historia no sigue de largo: se queda ahí y el libro entero da vueltas alrededor de esa frase mostrando la indefensión de Fiore y su hermanita Maggie.





Madres en tiempos de desaparición

En Matilde, también escrito por mí y editado por Norma, la madre falta de otra manera. No murió ni abandonó: no está porque anda buscando al padre, que es un detenido desaparecido. La niña queda en el medio de estas dos ausencias, y esa madre que quiere cuidar no puede porque su rol ahora es otro: salir a buscar. Esa figura la conocemos bien en todo el continente: la mujer que deja la casa para preguntar en cada oficina, en cada comisaría, en cada plaza dónde está el que se llevaron.


Por su parte el libro álbum Camino a casa, de Jairo Buitrago e ilustrado por Rafael Yockteng, editado por Fondo de Cultura Económica, habla de una madre que tampoco puede quedarse. Su marido es un desaparecido y ella tiene que salir a trabajar, así que la nena vuelve sola de la escuela, busca al bebé en la guardería, hace las compras y abre la puerta de la casa. La acompaña un león enorme que nadie más parece ver. La madre llega recién de noche, cansada, y en la pared hay una foto que explica quién era ese león. Si en Matilde la madre falta porque sale a buscar, acá falta porque no le queda otra que salir a ganarse la vida. La desaparición no se lleva solamente al padre: también le saca horas a la madre y le quita infancia a la hija.


La casa de los conejos, de Laura Alcoba, editada por Edhasa, es otra novela sobre la dictadura, en este caso de Argentina (los dos libros anteriores hablan de la dictadura en Chile y de la violencia en Colombia) una nena de siete años vive escondida con su madre militante en una casa de La Plata donde, detrás de un criadero de conejos, funciona una imprenta clandestina. La madre le enseña a callar y a no decir nunca su apellido. En esa casa vive también Diana, que está embarazada y después tiene una beba. A Diana la matan, y su hija se convierte en una desaparecida más, una nieta a la que todavía se busca. Hay ahí dos madres: una que tiene que pedirle a su hija que guarde silencio para salvarla, y otra a la que le arrancaron la posibilidad de serlo. Un camino diferente toma la novela de Paula Bombara El mar y la serpiente, editada por Norma, una nena muy chiquita cuenta lo que ve sin terminar de entenderlo: el padre no vuelve, y la madre, asustada, se la lleva de un lugar a otro, de un escondite a otro. Los adultos callan para protegerla, y ese silencio, que nace del amor, termina pesando tanto como la ausencia. La nena tiene que crecer para poder saber qué le pasó.
En estos libros la madre busca, trabaja, calla y huye. Hace todo lo que puede para que su hija sobreviva. Y casi siempre paga un precio: no puede estar.

En el borde

En el borde de esta lista están Una serie de catastróficas desdichas, de Lemony Snicket, publicada en castellano por Montena, (ahora agotado y fuera de circulación). Esta saga toma el tema de la orfandad de los cuentos y la lleva hasta el sumún del chiste negro, y hermanada a ella está El globo, de Isol, editado por Fondo de Cultura Económica, donde Camila desea que su madre gritona se convierta en globo, su deseo se cumple. Un globo rojo no grita. Pero tampoco abraza.


La madre fuera de cuadro

En Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak, publicado en castellano por Kalandraka, casi no vemos a esa madre. Sabemos que lo mandó a la cama sin cenar, y sabemos que cuando Max vuelve de su viaje la cena lo está esperando, todavía caliente. Es una madre que no aparece en ninguna ilustración y que sostiene todo el libro. En el otro extremo está ¡Ahora no, Bernardo!, de David McKee, publicado por Loqueleo (solamente para Colombia). En este libro álbum los padres sí aparecen, en casi todas las páginas, pero no levantan la vista. Bernardo intenta desesperadamente llamar su atención explicando que en el jardín hay un monstruo. No lo logra. El monstruo se come a Bernardo, ocupa su lugar, y nadie se da cuenta. Es la madre que está en el cuadro y no está en la escena. 


¿Qué ocurre con ambas madres y por qué la metáfora de los monstruos? 

¿Qué hay más allá de su vista, en ese lado salvaje de la infancia que necesita espacio pero también mirada y atención?

La madre que mejor que falte

Un dato que me gusta contar es que en la primera edición de los cuentos de los hermanos Grimm, en 1812, la que abandona a los hermanitos Hansel y Gretel en el bosque y la que quiere matar a la hermosa Blancanieves ¡Eran las madres! sus madres sanguíneas, no las madrastras. En las versiones posteriores, la madre buena muere y la maldad pasa a la madrastra, como si así se salvara la figura de la madre universal, la madre arquetípica. La cultura de ese momento (y la de ahora creo que también) no aguantaba una madre mala, así que la partió en dos: la buena se murió y la mala pasó a ser de otra familia.

Del lado de acá del charco, Francisco Hinojosa escribió La peor señora del mundo, editado por Fondo de Cultura Económica: una madre que castiga a sus hijos cuando se portan mal y también cuando se portan bien, por las dudas. Es tan mala que todo el pueblo se aleja cuando la ve venir, hasta que los hijos y los vecinos se ponen de acuerdo para frenarla. Es la madrastra de los Grimm pero sin velo: la madre mala dicha con todas las letras, y contada con un humor que la vuelve soportable. Los chicos se ríen con ella justamente porque es imposible. Y quizás también porque, en algún día malo, la reconocen un poquito.




Después vinieron otras. La señora Wormwood de Matilda, de Roald Dahl, publicado en castellano por Loqueleo y Alfaguara, que prefiere el bingo y la tele a una hija que lee. Y la "Otra Madre" de Coraline, de Neil Gaiman, publicado en castellano por Salamandra, que cocina rico, juega, presta atención y tiene botones en lugar de ojos. Es la madre que quiere demasiado, la que te ofrece todo con tal de que no te vayas nunca. Esa da más miedo que cualquier madrastra. Es la contracara exacta de la señora Bartolotti: allá la imperfección salva, acá la perfección devora.




Volver a las preguntas

¿Cuál es el lugar de la madre en la literatura para las infancias y las juventudes? Después de este recorrido, me parece que su lugar se mueve con el lector. En los primeros libros está en el centro: es el abrazo, la promesa, la cena caliente. A medida que los chicos crecen, la literatura también la va corriendo, porque para crecer hace falta salir de la casa, y casi siempre la sacan de escena para que el chico pueda irse al bosque. Y en los mejores libros vuelve, pero distinta: ya no como lugar sino como persona.

¿Existe un tipo de madre en la LIJ? Durante mucho tiempo hubo dos: la santa y la madrastra. La que muere buena en la primera página y la que se queda mala hasta el final. Lo que muestran estos libros es que esa pareja se rompió. Hay madres enteras y madres cansadas, madres que gritan y piden perdón, madres que se van a buscarse a sí mismas, madres que salen a buscar a los que se llevaron, madres que callan para salvar, madres que aman tanto que asustan. No hay un tipo, hay muchas.

¿Las madres de la literatura responden a presiones sociales y arquetipos? Sí, y los Grimm son la prueba más clara: corrigieron sus propios cuentos porque su época no toleraba una madre que abandonara a sus hijos. Pero las presiones de hoy también escriben madres. La madre de Camino a casa trabaja porque la historia de nuestro continente la dejó sola. La de Cinco minutos de paz quiere estar sola porque alguien empezó a decir en voz alta que eso también es parte de criar. Y quizás libros como Siempre te querré o Mi pequeño, que parecen escritos más para las madres que para los hijos, responden a otra presión: la de un mundo adulto que necesita que alguien le cuente su propia maternidad.

Lo que los Grimm no se animaron a escribir, el libro para niños y niñas de hoy lo escribe sin drama: una madre puede gritar y pedir perdón, puede querer cinco minutos sola, puede amanecer con púas, puede irse a buscar a alguien y dejar a su hija esperando. No necesita ser santa ni monstruo para entrar en la historia.

Por eso quería escribir este texto, para celebrarNOS. Porque estos libros les dicen a los chicos, y también a nosotras, que las madres son personas. Que a veces faltan, a veces se cansan, a veces se equivocan y a veces vuelven y te avisan que la cena te está esperando calentita.



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