Un viejo que leía novelas de amor, Luis Sepúlveda, Buenos Aires, Tusquets, 2006.

Con la selva amazónica como marco, la historia de Antonio José Bolívar Proaño introduce al lector en un mundo profundo y contradictorio. Por un lado, la cosmovisión de los indios shuar, respetuosos de la naturaleza y sus dones, que toman de ella sólo lo necesario para vivir y , por otro,  la codicia depredadora del hombre blanco, que además de subestimar la cultura originaria, depreda y mata sin replantearse nada e instaura la soberbia de los necios.  En medio de esos opuestos, Bolívar Proaño, conocedor de la selva, defiende sus convicciones  ante los atropellos. El mundo de las novelas de amor, del amor “que duele”, de aquellas que cuentan historias que sacuden al lector y lo “hacen sufrir” son el espacio necesario para volar, para recrear otros horizontes y situaciones.
En esta novela, la selva cobra vida y las costumbres y los mitos de sus habitantes descorren el velo de los pueblos silenciados, y una oleada de emoción y respeto invita al lector a replantearse muchas acciones de la cultura blanca.
Escrita con belleza,  admiración y ternura, con  personajes que dejan  huellas por su valentía, visión del mundo y  coraje. La literatura y el acto de leer, presentes desde el título, abren una  puerta hacia otros territorios. La posibilidad de recrear historias de amores difíciles sólo es posible gracias al disparador de la literatura.

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