Microcuentos, un laboratorio de ideas
Imagino un laboratorio decimonónico, lleno de tubos de ensayo y redomas. En el centro de la mesa una probeta al fuego está conectada a un espiral de vidrio que pasa por un sistema de enfriamiento. Vapores ensombrecen el ambiente. El científico vierte abecedarios en la probeta. El aire se tiñe de letras, ideas y frases. Luego de horas al fuego, alza el concentrado a contraluz. Ha creado un microcuento.
Estoy fascinado por los libros de Ana María Shua, “Botánica del Caos” y de María Cristina Ramos, “La secreta sílaba del beso”. Me encantan los microcuentos. Este género que cultiva la sorpresa, la fantasía, la poética y la intertextualidad. Son como destilados de sentido. Una caja de sorpresas donde la lectura abre un par de párrafos y surgen miles de imágenes y significados, todos profundamente subversivos. Ana María Shua pone de cabeza la lógica del mundo en media página. María Cristina Ramos nos lleva a un mundo fantástico de colores y texturas, como una fruta que al morderla estalla en sabor en la boca.
Quería compartir algunos con ustedes:
Ana María Shua. Botánica del caos.
Graves dudas.
-¿Estás ahí?¿Sos vos?
-No sé, no sé.
Conocer al lobo.
Me llevan al zoológico a conocer al lobo. ¡He oído tanto hablar de él! Este es el lobo, me dicen. Veo un perro mediano, flaco, con el hocico alargado y las orejas erguidas, en punta. A los cuatro años son más alta que él. Exijo ver al lobo, al verdadero. Este es el único lobo, me dicen, no hay otro. A los cuatro años ya sé que los adultos engañan y se engañan. Me juro a mí misma no crecer más de lo necesario: me juro buscar al lobo, conocerlo. Es un juramento estúpido. Muchos años después me arrepiento (y es inútil) aullando de hambre y de pena con nostalgia de luna.
Creación III
No puedo entender por qué sigue dudando el jurado. Se me acusa de producir en demasía, como si la cantidad y la variedad atentara contra la calidad de las especies que pueblan mi mundo. Seres efímeros, lo admito, pero capaces de reproducirse en lugar de permanecer monótonamente vivos para toda la eternidad, como los que han creado, torpemente, otros concursantes menos ingeniosos.
María Cristina Ramos.
Precaución.
Como la tinta estaba fresca, leía en puntas de pie.
Genoma.
Algo redondo y casi sin ojos se encabrita, gira y vuelve al reposo. El gato lo mira. En la sima de su memoria, un punto móvil late y se esfuma en una oscuridad de acechanzas. El extraño ser vuelve a animarse, entonces el gato salta y atraviesa un centenar de estratos de instinto. Su cuerpo tenso repite el arco, la parábola exacta con que la pantera cierra un eslabón cortando otro con el umbral de la muerte, y en el último instante de consumación, sus colmillos, todavía de leche, se hunden en la pelusa inerte del ovillo de lana.
Oficio.
Un ángel melancólico escribía con tinta amarilla. Después dejaba caer las palabras que planeaban como pájaros. El cielo las acariciaba mientras se deslizaban, zigzagueantes, abrazadas a su sentido secreto. En el final de su vuelo se posaban trémulas, en las durmientes ramas de los árboles.
Hermosos los microcuentos!! Concentran todas las emociones, imágenes y sensaciones en pocas palabras!! Admiro mucho a Ana Maria Shua y ahora también a los otros dos autores.Fabian Sevilla, un gran escritor mendocino, hace poco publicó en facebook varios microcuentos. Estaría bueno que lo contactaras si no lo conoces. Saludos y Gracias!!
ResponderEliminar¿Tenés el link? Vi varios libros de Fabián Sevilla en la Feria del Libro que me llamaron la atención. Pero no pude detenerme a verlos ¡Había tanta gente!
ResponderEliminarGracias por comentar
bella concentraciòn de sentimientos y reflexiones , los microcuentos..mìnimo mundo
ResponderEliminarCaso cerrado de ramon Páez. Donde lo puedo leer?
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