El arte de la sugestión por Sebastián Pedrozo

El arte de la sugestión

Sebastián Pedrozo 

Las historias de terror, muy bien, para eso estamos acá.
Ahora ¿por qué nos resultan fascinantes? A mí me resultan fascinantes. Muchas veces he intentado responder esa pregunta. Hay algo en ellas, en su relieve visible y no tanto, que me produce un efecto absorbente, que me imposibilita, en el caso de que se trate de una obra literaria de calidad, abandonar la lectura hasta el final. Y solo hasta el final.
He leído muchas historias de terror y las leeré. He intentado escribir historias de terror y las escribiré. Han llegado a mí desde varios lugares. Fantasmas que juré ver en los campos donde me criaron. En el viejo molino abandonado, en las cañadas de agua tibia y amarilla donde vertían sus asquerosos líquidos las primeras fábricas que se establecieron en el barrio. He visto fantasmas y seres inexplicables que salían de las llamas. Cuando incendié una higuera y cayeron pájaros achicharrados, tres mirlos me seguirían toda la vida, ahora mismo están posados en el muro que nos separa del monte. Cuando quemé todos mis papeles una noche de verano. Yo los vi emerger, saludar, un segundo, y luego nada, vapor, ceniza, poca cosa más. Esas imágenes se han quedado en mí para siempre. Y vuelven cada vez en que escribo. No hay forma, Allí están. Como una parte importante de lo que yo soy. Las vi el día en que se incendió la enorme ferretería a una cuadra de mi casa, subidas al techo, escapando por las ventanas del segundo piso. Las vi gritar. Sí, las vi, es imposible escuchar a un fantasma, todos lo sabemos
He vistos seres bajo la cama, en el puente del tren, tras las cortinas del teatro, con sus zapatos antiguos alineados, en el pasillo de la casa de mi abuela, detrás de cada retrato de sus once nietos. Yo los he visto. Ahora por fin lo digo. ¿Será esta una respuesta a la enorme atracción por el género de terror?
Con estas líneas me propongo un intento más, quizás el más planificado, por responder a la incógnita del por qué me atraen tanto el dichoso género.  Este recorrido lo llevaré a cabo con la ayuda de tres de mis lecturas favoritas: en definitiva, son ellas las culpables de este lío. 

Quiroga y la naturaleza violenta.



Todavía recuerdo (es más, sigue en mi poder en alguna parte) el momento en que tomé entre mis manos un pequeño ejemplar de “Cuentos de locura, amor y muerte”. Fue con este libro que me inicié en el recorrido hacía un costado oscuro, sangriento y trágico del alma, que pareciera sobrevolar a cada uno de los seres humanos. En Quiroga el horror sucede, es tangible, nos revuelve las tripas, produce arcadas y tiene un solo color, el rojo sangre. 
Cuando leí “La gallina degollada”, aquellas palabras que viajaban de la página hasta mis ojos, modificaron, no solo mi estado de ánimo, sino la postura de mi cuerpo, la tensión en los músculos, las pulsaciones de mi corazón, los jugos gástricos en mi estomago. La literatura hecha carne, fluido. No volví a sentir nada igual con otro libro. Me afecto de tal forma que, todavía hoy, hay pasajes siguen pareciéndome tan espeluznantes como magistrales. Y no estoy hablando de estilo o de recursos literarios, fue un libro que cambió todo, que me hizo entender que un libro es más que los pigmentos con los que se hacen la tinta y las árboles que se talan para hacer sus hojas.  Un libro es, y solo es, con el lector y su cuerpo. Nunca se trata de un negocio pasivo.

Cartas desde Transilvania.

El pobre Jonathan Harker que escribe desesperado, alucinado en el viejo castillo. Esa imagen. Las paredes llenas de sombras que se hacen cada vez más grandes con el pasar de los días, cartas a la bella amada, la hermosa Mina, lejana y, tal vez, perdida para siempre al quedar prisionero del espeluznante Conde.
Drácula fue la primera novela que leí, a pesar de su extensión, casi sin pausa. Me ardieron los ojos, se me acalambraron los brazos, pero sostuve aquel volumen de páginas amarillas y quebradizas con una voluntad de hierro. No había forma de que mi atención cediera un instante. Página a página la intriga crecía, las criaturas se hacían cada vez más oscuras, más perversas, y el pobre Jonathan que se encontraba solo. Y eso me atrapó, la imagen del horror vivido en solitario. Sin escape, sin consuelo, sin un igual que alentara la esperanza.
Y después, claro, la figura del Conde Drácula, pero qué decir sobre este personaje, ya se ha dicho todo. Y quizá, porque lo tenga todo. Stoker construyó el personaje emblema.
No se trata de una caricatura, en el conviven el rencor, el odio y también el amor. Es una novela que todavía tengo cerca y aún releo cada tanto con la secreta intención de seguir robándole un poco más, desangrándola como un aspirante a vampiro, o a escritor…

El miedo de Ichabod, el miedo absoluto

Todo comienza con una fiesta. Así nos lleva Irving al relato más genial que he leído. Y esto, que quede claro, tiene que ver mucho más con lo emocional que con lo estrictamente literario, habrá mejores, habrá peores, pero La leyenda de Sleepy Hollow contiene todo lo que me gusta en una historia de terror. Porque este relato corto de Washington Irving es potente, cargado de fantasmas y espectros violentos en un ámbito tan sombrío como macabro: las colonias holandesas al norte del estado de Nueva York. Peregrinos, brujas y calabazas para ahuyentar a los muertos.
Lo tiene todo. Tiene un personaje supersticioso e interesado, el entrañable profesor Ichabod Crane. Tiene una fiesta. Tiene una serie de historias entre las que se encuentra la famosa leyenda del jinete sin cabeza, una pobre criatura que corre a una batalla que terminó y que ya casi nadie recuerda.

Hoy, al releer el encuentro entre Crane y el jinete, vuelvo a estar sentado en el hueco que quedó en el tronco de la higuera, hueco que me protegía del frío, hueco desde donde salían orugas y ciempiés. Hueco que era mi casa. Hoy, cuando releo este cuento, vuelvo a visitar a mis fantasmas, a mis muertos, a mi lado más inexplicable. Esta sugestión de la palabra escrita y el relato de terror surten en mí el efecto de transformar el miedo de Ichabod Crane en mi refugio. Ya no habrá soledad. Ya no habrá miedo superior a ese, a que todo un día desaparezca, incluso nosotros. Esta sugestión calma. Es un refugio. Es el miedo que salva y acompaña, es el miedo que hace entender al lector que todos somos a la vez, el jinete, Ichabod Crane, y el puente mismo que debe cruzar para estar a salvo.


Sebastián Pedrozo nació en Montevideo (Uruguay) el 8 de noviembre de 1977. Es maestro, bibliotecario y fanático de las historias de terror. Además de la docencia, comenta libros en una revista para educadores y en un diario, donde combina sus dos grandes pasiones: la lectura y la escritura. En el año 2003 su novela Las moscas también tenemos sentimientos, obtuvo una mención en el concurso anual de Literatura del Ministerio de Educación y Cultura, luego fue publicada en Buenos Aires. En marzo de 2007, su cuento "Cualquier niño del norte" recibió el segundo premio en el concurso Los niños del MERCOSUR. Ese texto fue editado en Córdoba y traducido al portugués. En Alfaguara Infantil ha publicado: Historia de un beso (Abejas y flores marchitas), Terror en el campamento, La piel del miedo, Cómo molestar viejas sin ser atrapado, Terror en la ciudad y Cómo hacer reír a una vieja sin que pierda la dentadura. 
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