A la altura
Ponencia leída en el 22 Foro del libro y la lectura organizado por la Fundación Mempo Giardinelli.
Resistencia, Agosto, 2017.
Tiempos oscuros nos aguardan.
Pronto tendremos que elegir
entre lo que es fácil y lo que está bien.
Albus Dumbledore.
Debería hablar de memoria. Pero voy a empezar por hablar de la infancia.
Una de mis citas favoritas es de una de mis personas favoritas del mundo. Dice:
“Tiénese a la infancia por la época más feliz de la vida. ¿Lo es, realmente? No lo es más que para algunos, muy pocos. Este mito romántico de la niñez tiene su origen en la literatura tradicional de los privilegiados. Los que gozaron de una niñez holgada y radiante en el seno de una familia rica y culta, sin carecer de nada, entre caricias y juegos, suelen guardar de aquellos tiempos el recuerdo de una pradera llena de sol que se abriese al comienzo del camino de la vida. Es la idea perfectamente aristocrática, de la infancia, que encontramos canonizada en los grandes señores de la literatura o en los plebeyos a ellos enfeudados. Para la inmensa mayoría de los hombres, si por acaso vuelven los ojos hacia aquellos años, la niñez es la evocación de una época sombría, llena de hambre y de sujeción. La vida descarga sus golpes sobre el débil, y nadie más débil que el niño.
(Mi vida, Leon Trostky)
La infancia es una época terrible, una época de incertidumbre e indefensión. Todos los niños son extranjeros en un mundo donde mandan los adultos. Donde las reglas las ponen otros más fuertes, más grandes, más poderosos. Viven hoy en un mundo donde el hombre que gobierna el país más poderoso, es un rubio, gordito y patoteador que parece nunca haber superado la primaria, que nos patearía la cabeza a cada uno de nosotros si no hacemos lo que él quiere.
Mientras tanto, cientos de miles de millones de niños luchan cada día por sobrevivir. Resisten cada día, la enorme mayoría de ellos en la más profunda soledad. Y no hablo sólo de los niños de las instituciones o de los hogares de menores, hablo de casi todos los niños del mundo.
De todos aquellos que sufren la violencia del bullying en las escuelas.
De todos aquellos que se levantan solos y se acuestan solos por las noches con padres hiperocupados que tratan de ganar lo suficiente para llegar a fin de mes.
Los gordos, los negros, los feos, los pobres, los altos, los flacos, los dientones y los cabezones, el que alguna vez se le escapó un pedo y fue para siempre el pedorro o la que se comió un moco y quedó como la asquerosa para la posteridad.
Todos en medio de una sociedad más preocupada en sobrevivir que en cuidarlos. De un Estado para el cual son una variable de ajuste.
La niñez es una época de soledad, de falta de información, de premura por crecer y comprender todo lo que ocurre. Necesitás ayuda, soporte, contención. Y nuevamente la mayor parte de las veces no hay más que soledad. Necesitás aprender a decodificar los signos, las miradas, la bronca, los secretos, y lo que escuchás tras las puertas. Porque todos los niños nos están mirando y escuchando todo el tiempo. Y en la infancia necesitás de algún adulto, el que esté disponible.
Y todo esto se magnifica si la situación social es compleja. Si la infancia de los niños acontece en dictadura, durante las guerras, durante las migraciones forzadas o como en los últimos años en un capitalismo salvaje.
Crecí en dictadura, como Matilde, la protagonista de la primera novela que me publicó editorial Norma el año pasado.
Leí hace unos días que también se puede ser feliz durante la dictadura.
Y no sé si es cierto.
Es cierto que los niños íbamos a la escuela.
La gente celebraba cumpleaños.
Salíamos de vacaciones.
Queríamos ositos, álbumes de figuritas, mirábamos los dibujitos de la tele.
Lamentablemente, muchos de los niños que hacíamos eso, también teníamos padres que abrazamos a la noche porque esa podría ser la última vez que los veíamos.
Celebramos los cumpleaños pensando que podía ser el último.
Crecí en dictadura y por momentos fui feliz, pero lo que me acuerdo son cosas como esta:
Me acuerdo de una nena piojosa que me caía mal porque le prestaron mi cama. Me acuerdo que la odié y le tiré del pelo. Me acuerdo de que mi mamá cuando la nena se fue me llamó a un lado me miró y me dijo: “La niña es huérfana, está esperando irse al exilio. A sus papás los mataron frente a ella”.
Me acuerdo que aprendí lo que era la vergüenza y la culpa de un saque y para siempre.
En Chile, como en los demás países de Latinoamérica, durante la dictadura militar cientos de niños salieron al exilio, fueron torturados, asesinados, violados, quemados, encarcelados, separados de sus padres, negados de su identidad, dinamitados en su departamento. Muchos de esos niños sobrevivieron y de grandes no pudieron vivir con el horror y se pegaron un tiro.
La memoria y la infancia es de una actualidad permanente. Somos adultos gracias al niño que fuimos.
La dictadura nos obligó a crecer a las apuradas, a los golpes.
La niñez y la adolescencia tenían en mi caso una enorme cantidad de violencia a mi alrededor. Frente a esa violencia, los adolescentes resistimos y nos organizamos en las escuelas secundarias. Salimos a pelear a la calle y como niños sin miedo nos enfrentamos a la dictadura. Porque los pibes de los colegios secundarios que en Chile pelean hoy, son herederos de estos niños que fuimos y que peleamos en la Alameda gritando a voz en cuello “y va a caer”.
Mis memorias se vuelven historia y dan cuenta de un tiempo. Como sostiene Sandra Carli:
“El tránsito por la infancia como un tiempo construido socialmente asume hoy otro tipo de experiencias respecto de generaciones anteriores y da lugar a nuevos procesos y modos de configuración de las identidades. La cuestión de la infancia se constituye, entonces en un analizador privilegiado de la historia reciente y del tiempo presente.” (Notas para pensar la infancia en la Argentina 1983-2001, Sandra Carli, La cuestión de la infancia. Entre la escuela, la calle y el shopping, Paidos, SN).
Si pensamos desde esta perspectiva, qué dirán de nosotros los historiadores cuando estudien que en 2016 hubo 290 mujeres asesinadas, que 75 eran niñas menores de 18 años. Qué 401 hijos perdieron a sus madres y que recién en 2017 salió una ley que desvincula de la patria potestad al feminicida.
Qué dirá de nosotros la historia cuando lean que nuestros niños son asesinados en las villas, que viven en la miseria, que venden su cuerpo en las esquinas o trabajan como esclavos en una fábrica de remeras. Cuando todos pensábamos que en 2000 íbamos a estar en autos voladores.
El capitalismo brutal tiene como objetivo destruir la noción de infancia como un ser que necesita amparo y protección. Buscan considerarlo un sujeto de consumo, un objeto sexual, un delincuente, un obrero en formación, un enemigo.
El capitalismo ha encontrado un nuevo enemigo. Ya no es el inmigrante, ni el pobre. Es la infancia empobrecida. Estos miles y miles de niños que desde la reforma menemista en adelante salen de la escuela semianalfabetos como carne de cañón para el laburo. Eso cuando la historia termina bien. Porque una parte de las veces, no hay escuela, no hay laburo, solo hay calle a la que vuelven como perritos, según considera el secretario de salud de Mar del Plata.
Ese enemigo no es local, el capitalismo global está harto de la niñez. Puede verse todos los días, en todas partes del mundo. Cientos de niños mueren en el mediterráneo, sobreviven en campos de refugiados, salen vivos de bombardeos o escapan de la trata de personas en la Ciudad Buenos Aires.
En mi país natal la presidenta Bachelet bajó la edad de imputabilidad a los 14 años y sancionó la Ley Penal Adolescente. De esta manera ahora puede imputar como delincuente a los estudiantes que luchan por la gratuidad en la educación.
“En el convencimiento de que somos los adultos los únicos responsables del cachorro humano, y que de nosotros depende la construcción de un mundo que los aloje…” le respondió una jueza de menores al periodista Lanata, luego de la malvada entrevista a un nenito. Un nenito como el Luchín de Víctor Jara.
Y en el medio de todo esto estamos escribiendo para niños. Llevo tiempo debatiéndome acerca de la idea de infancia de los escritores, especialmente de aquellos que nos dedicamos a los libros para niños y jóvenes.
¿Qué ocurre cuando escribimos? ¿Cómo toma posición un autor con respecto a la realidad, sin caer en el estalinismo o en el realismo socialista?
Creo que todos los libros para niños nos hablan de la idea de niño que tiene quien la escribe. Que ese lector imaginario está moldeado por su propia idea de infancia. Que Christine Nöstlinger escribe para niños y le sale un rebelde Luky Live, que a María Teresa Andruetto le sale una revolucionaria Durmiente y que a Isol una decidida Camila, y que a mi salvando las distancias, me sale una Matilde. Hay algo de la posición política que se traspasa al arte. Esa idea mezclada con los recuerdos se transforma en el caldo de cultivo para los textos.
Sin embargo, y es un misterio total, la mayoría de los libros que los chicos leen en las escuelas transcurren en apacibles departamentos de clase media en la capital, con cocina, baño, zapatillas, amigos, ascensores, wifi y celulares. Como si esa fuera lo común, como si la mayoría de nuestros niños vistieran ropa contra el frío o comieran todos los días.
Todo en nombre de proteger al niño de la realidad. Y el pibe llega a casa de la escuela y prende la tele y ve dos casos de violación en las noticias. Seiscientos despedidos de una empresa. Un diálogo sexual que se filtró de un futbolista y una chica que lame el cuerpo de un bailarín en una pileta.
¿En qué quedamos?
¿Lo protegemos o no?
La vida, el futuro de miles de millones de niños se está jugando cada día. Espero que el arte esté a la altura. Espero que todos aquellos que trabajamos por y para la lectura salgamos de una vez por todas de esa idea aristocrática de la niñez holgada y radiante y comprendamos a ese niñito que tiene 11 años y que obligan a decir que sale a robar con una re pistola y lo ponen en la tele para sumar rating y bajar la edad de imputabilidad. Que dejemos de joder con sacar la palabra mierda del libro porque la escuela lo pide y pongamos más atención a lo realmente escandaloso que es el mundo que les estamos dejando a los chicos.
Como escritores tenemos el privilegio algunas veces de ser la primera palabra poética que escucha un niño. Tenemos la tremenda responsabilidad de llenar sus cabezas de ideas, de sueños, de personajes que los acompañen en su camino.
Como editores tenemos el privilegio de quedar en la memoria de estos niños para siempre con sus libros favoritos. Como docentes tenemos esas miles de cabezas en nuestras manos para llenarlas de belleza, de poesía, de arte.
Hagámonos cargo de que muchas veces eso, eso que leemos, eso que acercamos a un niño, cambia un poco su vida.
Realmente espero que cada uno de nosotros esté a la altura.
Gracias.
Muy buenas, acertadas y precisas palabras.
ResponderEliminarMuy buenas, acertadas y precisas palabras.
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